Alto abismo
Mira, te lo voy a contar como fue, porque si no lo cuento reviento, y si reviento alguien va a tener que limpiar.
Todo empezó en un bar de mala muerte que se creía gastropub porque servía las papas fritas en una tabla de madera. Estábamos ahí, él y yo, conversando las mismas trivialidades de siempre —el clima, el tráfico, sus historias cotidianas—, cuando el hombrecito se levanta, se alisa la camisa como si fuera a dar un discurso ante la ONU, y me dice: "voy al baño". Con una voz finita, de quien va a cometer un delito menor. Yo ya estaba calculando la excusa para arrancar. Tenía tres candidatas: dolor de cabeza, mamá enferma, muerte súbita propia. No alcancé a elegir.
Me llega una notificación. Era él. Desde el baño. A tres metros de distancia. Un video y una pregunta que me perseguiría como deuda bancaria: "¿Te gusta mi pico?"
¿Te gusta mi pico? Así, con signo de interrogación, como si de verdad esperara una respuesta razonada. Como si uno fuera jurado de concurso. Como si existiera una rúbrica.
Antes de irnos —porque sí, después de eso tuve que seguir compartiendo mesa con él, como si nada, como si la civilización no se hubiera derrumbado— me regaló un cojín. Un cojín perfumado. Con el perfume de un amigo muerto. Me lo puso en las manos, solemne, como quien entrega una reliquia, y dijo: "Para que sueñes conmigo". Se rio. Una risa corta, húmeda, de animal nocturno. Yo abracé el cojín del difunto como quien abraza un salvavidas en un naufragio que nadie más puede ver, y me fui.
Pensé que ahí terminaba. Pobre ingenuo. Pobre idiota.
Al día siguiente: "¿Te gusta mi pico?" Versión acústica. Lunes.
Martes: "¿Te gusta mi pico?" Con filtro blanco y negro, como si fuera cine de autor.
Miércoles: "¿Te gusta mi pico?" Ahora en formato boomerang.
Jueves: "¿Te gusta mi pico?" Con una canción de Nino Bravo de fondo, porque el romanticismo no tiene límites ni buen gusto.
Viernes, sábado, domingo. Cada día una nueva entrega, una nueva puesta en escena, un nuevo ángulo de cámara. El tipo era Kubrick, si Kubrick hubiera sido un enano obsesionado con su propia anatomía. Y no voy a mentirte: el pico no estaba mal. Esa es la tragedia. Si hubiera sido espantoso, habría bloqueado el número y seguido con mi vida. Pero no. Era un pico competente. Un pico que hacía su trabajo. Y yo lo recibía cada mañana como quien recibe el diario: sin entusiasmo, pero con cierta costumbre.
Hasta que una madrugada abrí la puerta de mi casa. Seis de la mañana. Niebla. Temuco en invierno, que es como decir el limbo pero con más barro. Y ahí, en la niebla, algo flotaba. Algo familiar. Algo que había visto en demasiadas resoluciones de pantalla. Sentí el estómago trepándome por la garganta. Mi cerebro, antes de que yo pudiera frenarlo, completó la frase: "¿Te gusta mi pico?"
Estaba ahí. Suspendido. Como una escultura de arte contemporáneo, de esas que uno mira en un museo y dice "esto lo podría hacer mi sobrino" pero igual le saca foto. Flotando entre la bruma como un dirigible obsceno, como un zepelín de carne.
Avancé. ¿Por qué avancé? La misma razón por la que uno se asoma al abismo: porque el abismo te manda un mensaje diario y al final le agarras cariño.
Detrás del pico, como la luna detrás de un eclipse —un eclipse muy específico—, apareció él. Chiquitito. Con los brazos abiertos. Con esa sonrisa de quien sabe que ganó una guerra que nadie más sabía que se estaba peleando. Me gritó: "¡¿TE GUSTA MI PICO?!" Con signos de exclamación e interrogación, todo junto, como mensaje de WhatsApp de tu tía.
Mi pulso se disparó. El mundo se puso blanco, después negro, después del color exacto de la vergüenza. Me desplomé ahí mismo, en el barro de Temuco, con la cara mirando al cielo gris, y lo último que vi antes de perder la conciencia fue ese pico recortado contra las nubes bajas, monumental, triunfal, como la bandera de un país que no debería existir pero existe, y tiene himno, y el himno es una sola pregunta.