Carne Viva

Carne Viva

Te lo voy a contar como fue, porque alguien tiene que contarlo y los demás están ocupados actualizando su portafolio en Behance.

Yo nunca fui buen artista. Eso hay que decirlo de entrada, como quien confiesa una enfermedad crónica en la primera cita para que después nadie se haga el sorprendido. Dibujaba regular, escribía peor, y tenía esa cosa que tienen los mediocres vocacionales: una opinión enorme sobre el arte ajeno y una producción propia que cabía en una servilleta. Pero sabía hablar. Sabía indignarme. Y en el año 2024, en Santiago de Chile, eso era una forma de arte.

El colectivo se llamaba Carne Viva.

Sí. Carne Viva. Como un asado que te mira.

Éramos nueve. Después once. Después siete. Después cuatro y medio, porque la Pía dejó de venir pero seguía comentando en el grupo de WhatsApp, que es la versión más cobarde de existir. La idea era simple: artistas contra la inteligencia artificial. Arte humano. Mano, sudor, error. Lo auténtico. Lo que sangra. Nos juntábamos los jueves en el taller del Renzo —que no era un taller sino un departamento en Ñuñoa con olor a humedad y a aceite de linaza rancio, que es básicamente el mismo olor— y planificábamos acciones. Así les decíamos. Acciones. Como si fuéramos una célula guerrillera y no nueve personas tomando vino en caja mientras discutían si el flyer debía decir "inteligencia artificial" o "extractivismo algorítmico".

Carne Viva. Acuérdate del nombre.

El Renzo era pintor. Pintaba retratos expresionistas que parecían gente derritiéndose, lo cual no es tan difícil si uno lo piensa. Llevaba dos años sin vender una tela y tres sin terminar una serie, pero tenía una barba enorme y unos anteojos redondos y hablaba con la autoridad de quien ha sufrido mucho por su arte, que en su caso significaba haber sufrido mucho por no hacer arte pero hablar constantemente de hacerlo. Era nuestro líder. Nadie lo votó. Nadie lo nombró. Simplemente tenía el departamento y la barba y eso, en cualquier colectivo latinoamericano, es suficiente.

La Josefa hacía cerámica. Tazas, sobre todo. Tazas con formas orgánicas que ella llamaba "cuerpos" y que parecían órganos internos con asa. Se vendían bien en ferias, lo cual la hacía sospechosa. Un artista que vende es un artista que transa, decía el Renzo, y la Josefa se callaba, y después yo la veía en los breaks revisando su tienda en Etsy con la pantalla inclinada para que nadie cachara. La Josefa tenía plata. No plata-plata, pero tenía un departamento propio y un auto y podía darse el lujo de odiar la tecnología desde una posición de solvencia. Eso importa. Eso siempre importa y nadie lo dice.

El Nacho era músico. Tocaba el bajo en dos bandas que no conocía nadie y producía beats en Ableton que sonaban a lo que sonaría un algoritmo si un algoritmo quisiera sonar humano. Pero eso no se lo dije nunca, porque el Nacho tenía el don de la furia selectiva: podía ignorar sus propias contradicciones con una elegancia casi atlética. Era él quien más gritaba en las reuniones. Era él quien decía "nos están robando el alma" con una convicción que te hacía olvidar que estaba diciendo una estupidez enorme. El alma. Como si el alma fuera un pendrive que alguien te saca del bolsillo.

Y después estaba yo. Sin obra, sin talento, sin departamento en Ñuñoa. Pero con rabia. Con mucha rabia. Y la rabia, en un colectivo de artistas, cotiza más que el acrílico.

Carne Viva. Te lo estoy contando.


Los primeros meses fueron buenos. Genuinamente buenos, y uso esa palabra sabiendo que la voy a traicionar dentro de poco. Hicimos un manifiesto. Lo escribí yo, casi entero, en una noche de insomnio y tinto, y quedó hermoso. "El arte es la última trinchera de lo imperfecto." Esa línea era mía. "Donde la máquina optimiza, el cuerpo tiembla." Esa también. El Renzo lo leyó en voz alta, en el taller, y la Josefa se emocionó, y el Nacho dijo "huevón, esto es poesía", y yo sentí algo que no había sentido nunca: que mi trabajo importaba. Que mis palabras tenían un lugar en el mundo. Que ser incapaz de dibujar una manzana no significaba ser incapaz de significar algo.

Imprimimos el manifiesto en risografía. Quinientas copias. Las repartimos en la feria del Parque Bustamante, en el GAM, en la puerta del MAC. La gente las leía. Algunas personas nos paraban a conversar. Un tipo con rastas nos dijo "hermano, gracias, alguien tenía que decirlo" y el Renzo lo abrazó como si acabaran de liberar un país. Hicimos un Instagram. Diseñé el logo yo mismo, en Canva, lo cual ya era una concesión tecnológica que decidimos ignorar colectivamente, como se ignoran los ruidos que hace un edificio viejo de noche.

Pegamos afiches. Organizamos un conversatorio en un centro cultural de Providencia donde vinieron diecisiete personas, incluyendo la mamá de la Josefa y un señor que pensó que era una charla sobre criptomonedas y se fue a los veinte minutos. No importaba. Éramos pequeños pero éramos puros. Éramos Carne Viva.

Acuérdate.


Las grietas empezaron por donde siempre empiezan las grietas: por abajo, por lo que no se ve, por los cimientos que todo el mundo asume que son sólidos porque nadie se agacha a mirarlos.

Fue el Seba. El Seba era diseñador gráfico. Freelance. Treinta y un años, dos hijos, un arriendo en Maipú que subía cada seis meses como la presión arterial de un infartado. El Seba no tenía el lujo de la pureza. El Seba tenía clientes que le pagaban doscientas lucas por un logo y después le pedían "algo parecido pero más pro" y él tenía cuarenta y ocho horas y una guagua con otitis. El Seba, un jueves, trajo el afiche para la próxima acción. Era hermoso. Tipografía brutal, composición limpia, un collage que mezclaba manos humanas con circuitos rotos. Lo pusimos en la pared. Lo miramos. El Renzo asintió con esa lentitud teatral que usan los que se creen directores de cine. "Esto es", dijo. "Esto es lo que somos."

Y el Nacho, que tenía ojo para las cosas que no quería ver, dijo: "Seba, ese fondo lo generaste con Midjourney."

Silencio.

No el silencio bueno, el de las catedrales y los bosques. El silencio malo. El de los consultorios cuando el doctor mira la pantalla demasiado rato.

El Seba dijo que no. Después dijo que sí pero solo el fondo. Después dijo que solo la textura del fondo. Después dijo que era solo una base, una referencia, que lo había intervenido tanto que ya no contaba. "Intervenir" fue la palabra exacta. Como si la imagen fuera un paciente y él fuera el cirujano que la salvó de ser artificial. El Renzo se paró, se sacó los anteojos, se los puso de nuevo. Dijo: "Esto es grave." La Josefa no dijo nada, pero dejó de mirar al Seba, lo cual en el lenguaje de la Josefa era una condena a muerte social.

Votamos. Descartamos el afiche. El Seba pidió disculpas. Todos dijimos que estaba bien, que lo entendíamos, que la presión económica, que el sistema, que nadie lo juzgaba. Mentira. Todos lo juzgábamos. Pero así funcionan los colectivos horizontales: la crueldad se ejerce en voz baja y con vocabulario de terapia.

Carne Viva. Seguíamos siendo Carne Viva.


Pero es que las grietas no se cierran. Se tapan. Y debajo del parche, siguen creciendo, como esas raíces que revientan las veredas de Santiago porque nadie pensó que un árbol podía ser más fuerte que el cemento.

La Connie, que era poeta y performancera y tenía una cuenta de TikTok donde recitaba sobre la precariedad con una iluminación que claramente no era precaria, me confesó un domingo por mensaje que había probado un generador de texto. "Solo para ver", me dijo. "Solo para cachar qué onda." Le pregunté qué le pareció. Me mandó un audio de siete minutos donde básicamente decía que era horrible, que era vacío, que no tenía alma —de nuevo el alma, ese comodín—, pero que en un momento le tiró un verso que ella modificó y usó en un poema que leyó en un open mic en Bellavista. "Pero lo modifiqué caleta", dijo. "O sea, la idea era mía. La IA solo me dio como... un empujón." Un empujón. Como si la creación fuera una bicicleta estancada en una subida y el modelo de lenguaje fuera un pibe amable que te pone la mano en la espalda. ¿Dónde termina el empujón y empieza la bicicleta ajena? No le pregunté. No quise saber.

El fotógrafo, el Mati, retocaba con una app que tenía IA integrada. "Pero es solo un filtro", decía. "Es como el autofocus." Y tenía razón, supongo, de la misma manera en que tiene razón el que dice que un trago no es alcoholismo: técnicamente correcto, espiritualmente sospechoso.

El Nacho —el Nacho, el furioso, el que hablaba del alma— me mostró un día su setup de producción. Ableton, sí. Pero con tres plugins que usaban redes neuronales para generar progresiones armónicas. "Es una herramienta", me dijo. "Como un delay. Como un compresor." Lo miré. Me miró. Nos miramos como dos curas que se encuentran en un prostíbulo: con la certeza mutua de que ninguno iba a decir nada.

Yo no usaba IA. ¿Pero sabes por qué? No por ética. No por convicción. Porque no producía nada. No tenía obra que contaminar. Mi pureza era la pureza del estéril: incorruptible porque estaba vacío. ¿Cómo vas a vender tu alma si no tienes nada que vender?

Carne Viva. Pura Carne Viva.


La exposición fue idea del Renzo. "Carne Expuesta", se iba a llamar, porque así funciona la mente del Renzo: toma una palabra del nombre del colectivo y le pone otra al lado y cree que es un concepto. Galería pequeña en Barrio Italia, conseguida a través de un amigo de un amigo que nos la prestaba un sábado. Cada miembro del colectivo presentaría una obra. Arte humano. Arte real. Arte hecho con las manos, con el cuerpo, con el temblor del que no tiene red neuronal que lo sostenga.

Teníamos tres semanas.

Tres semanas en las que el Renzo no pintó nada nuevo y rescató una tela vieja a la que le cambió el título. Tres semanas en las que la Josefa hizo cuatro tazas-órgano que eran idénticas a las anteriores pero "con otra intención". Tres semanas en las que el Nacho compuso una pieza sonora que sonaba exactamente como todas sus piezas sonoras, ese ambient pantanoso que te hace sentir que estás esperando un diagnóstico. Tres semanas en las que yo escribí un texto para el catálogo que era, básicamente, una versión inflada del manifiesto, con más adjetivos y menos honestidad.

Y tres semanas en las que la Connie hizo algo distinto.

La Connie no dijo nada. No pidió opiniones. No mandó borradores al grupo. Llegó el día del montaje con una carpeta bajo el brazo, la abrió, y sacó veinte láminas impresas en papel algodón. Eran poemas visuales. Texto e imagen fusionados. Las palabras se enredaban con figuras que parecían radiografías de emociones —huesos que eran letras, venas que eran versos, órganos que eran puntuación—. Cada lámina era un golpe. Cada lámina te dejaba mudo, con esa mudez específica que produce el arte cuando funciona de verdad, que es una mudez parecida a la del ahogamiento: algo te llena la garganta y no puedes ni nombrar lo que sientes.

Nadie dijo nada. Por un rato. Un rato largo.

Y entonces el Mati, el fotógrafo, el del filtro-que-no-es-IA, el del autofocus espiritual, preguntó: "Connie, ¿cómo generaste las imágenes?"

La Connie se quedó quieta. No como quien calcula una mentira. Como quien decide si la verdad vale lo que va a costar.

"Con Midjourney", dijo. "Los poemas son míos. Las imágenes son de Midjourney. Pero los prompts los escribí yo. Y los modifiqué. Y los compuse con los textos. Y el resultado es mío. Es mi visión. Es mi obra."

Carne Viva. Ahí mismo se pudrió la carne.


Lo que pasó después fue lo que siempre pasa cuando un grupo de personas descubre que su identidad compartida era una ficción: todos hablaron al mismo tiempo y nadie escuchó nada.

El Renzo dijo que era una traición. Usó esa palabra. Traición. Como si fuéramos un ejército y no un grupo de WhatsApp con diecisiete personas y trece silenciadas. El Nacho le gritó a la Connie que había "cruzado la línea", y la Connie le gritó de vuelta que él usaba plugins con IA, y el Nacho dijo que no era lo mismo, y la Connie dijo "¿por qué no es lo mismo?", y el Nacho no supo responder, porque la diferencia entre un plugin con redes neuronales y una imagen de Midjourney no es técnica sino tribal: lo que yo uso es herramienta, lo que tú usas es trampa.

La Josefa miraba su teléfono. El Seba, redimido por la caída de otro, sonreía con esa satisfacción obscena del que ve que la bala le pegó a otro. El Mati sacaba fotos de la pelea —con filtro de IA, supongo— porque documentar es la forma que tiene un fotógrafo de no tener que opinar.

Y yo miraba las láminas de la Connie.

Eso es lo que nadie iba a admitir. Que las láminas de la Connie eran lo mejor que había producido cualquiera de nosotros. Que esas veinte hojas, hechas con máquina y con mano, con algoritmo y con víscera, eran más verdaderas que los retratos derretidos del Renzo, que las tazas intestinales de la Josefa, que el ambient de sala de espera del Nacho, que mi manifiesto lleno de frases bonitas y convicción prestada. La obra de la Connie era buena. Y era buena de una manera que dolía, porque si la IA podía participar en algo así, entonces todo lo que habíamos dicho sobre el temblor humano y la trinchera de lo imperfecto era, en el mejor de los casos, una exageración, y en el peor, una mentira.

Pero nadie dijo eso. Nadie iba a decir eso.

El Renzo dijo: "Se baja o nos vamos todos."

La Connie recogió sus láminas. Las metió en la carpeta. Se fue sin cerrar la puerta.

Colgamos la exposición sin su obra. Vinieron treinta y dos personas. Un tipo preguntó si aceptaban tarjeta. Otro preguntó si había vino. La mamá de la Josefa vino de nuevo. Un periodista de un medio digital tomó dos fotos, se fue, nunca publicó nada. El Renzo dio un discurso sobre la resistencia. El Nacho tocó su pieza. Las tazas de la Josefa se veían tristes bajo la luz del tubo fluorescente, como órganos en formol. Mi texto de catálogo estaba impreso en hojas tamaño carta porque no alcanzó la plata para algo mejor.

Fue un éxito. Si tu definición de éxito es que nadie se murió y el vino alcanzó.

Carne Viva. Se enfriaba la carne.


El colectivo se disolvió como se disuelven todas las cosas en Chile: sin declaración formal, sin funeral, sin punto final. Simplemente dejamos de juntarnos. El grupo de WhatsApp se fue apagando. El Renzo mandaba un artículo sobre IA cada tanto, como quien tira una piedra a un pozo para ver si todavía tiene fondo. Nadie respondía. El Nacho se fue a Buenos Aires a tocar con una banda que conoció en Instagram. La Josefa empezó a vender tazas por Mercado Libre con descripciones generadas por ChatGPT, lo cual me enteré porque me salió un anuncio y reconocí los intestinos. El Mati se puso a hacer fotos para una agencia de publicidad que usaba IA para los fondos. El Seba consiguió un trabajo fijo en una empresa que desarrollaba —escúchame bien— herramientas de diseño con inteligencia artificial.

Y la Connie. La Connie subió las veinte láminas a Instagram. Le fue bien. Le fue muy bien. Le fue obscenamente bien. Una curadora española le escribió. Expuso en Madrid. Vendió. Salió en una revista. El pie de foto decía: "Connie Aravena, artista chilena que fusiona poesía y tecnología para explorar los límites de lo humano." Los límites de lo humano. Antes éramos nosotros los que defendíamos esos límites. Ahora ella los exploraba, que es una palabra más sexy y que paga mejor.

No la odio. Quisiera. Pero no puedo.


Y yo.

Yo me quedé con el manifiesto. Con las quinientas copias, de las cuales sobraron trescientas ochenta y están en una caja debajo de mi cama, junto a un par de zapatillas viejas y una guitarra que nunca aprendí a tocar. "El arte es la última trinchera de lo imperfecto." La línea más bonita que escribí en mi vida. La línea que me hizo sentir que existía.

Una noche —y te lo estoy contando tal cual, sin adornar, sin protegerme— abrí el computador. Eran las tres de la mañana. No podía dormir. Tenía esa cosa en el pecho, esa presión que no es angustia ni es hambre ni es pena, es las tres juntas licuadas. Abrí un generador de texto. Uno de los buenos, de los que ahora escupen párrafos como si respiraran. Y escribí un prompt. Escribí: "Escribe un cuento sobre un grupo de artistas que lucha contra la inteligencia artificial y fracasa."

Lo que salió no era bueno. Era correcto. Era competente. Tenía estructura, tenía ritmo, tenía un final con moraleja. Era el cuento que habría escrito un alumno aplicado en un taller literario de nivel intermedio. No tenía sangre. No tenía olor. No tenía esa cosa torcida que tiene lo que sale de una persona rota a las tres de la mañana con vino barato en la sangre y trescientas ochenta copias de un manifiesto muerto debajo de la cama.

Pero.

Pero era más de lo que yo había escrito en dos años.

Me quedé mirando la pantalla un rato largo. La luz azul me pegaba en la cara y yo sentía que me estaba mirando a un espejo, pero un espejo de esos de feria, de esos que te devuelven una versión de ti que es casi tú pero no, una versión más alta o más flaca o más simétrica, una versión que funciona, y tú al lado, el original, el de carne, con toda tu grasa y tus manchas y tu temblor, parado como un imbécil mirando lo que podrías ser si no fueras lo que eres.

Y entonces hice algo que no le conté a nadie hasta ahora.

Copié el texto. Lo pegué en un documento. Lo leí tres veces. Lo edité. Cambié palabras. Moví párrafos. Quité una frase que sonaba demasiado a máquina, agregué una que sonaba a mí. Después quité esa también porque en realidad no sabía cuál sonaba a mí y cuál sonaba a la idea que tengo de mí, que es otra cosa, que siempre fue otra cosa. Trabajé dos horas. Tres. El sol empezó a meterse por la ventana como una acusación. Cuando terminé, el cuento era mejor. Mucho mejor. ¿Era mío? No. ¿Era de la máquina? Tampoco. Era de los dos. Era un injerto. Un órgano trasplantado que late con tu sangre pero que nunca fue parte de tu cuerpo.

Lo mandé a una revista. Una revista chica, de esas que leen cuarenta personas y pagan en ejemplares. Me lo publicaron.

Fue la primera cosa que publiqué en mi vida.

Sentí orgullo. Sentí orgullo genuino, con las manos transpiradas y todo, el mismo orgullo que sentí cuando el Renzo leyó el manifiesto en voz alta aquella vez. Y después sentí otra cosa. Una cosa fría, como cuando tragas agua muy helada y te duele el centro del pecho, ese frío que no es temperatura sino información: tu cuerpo diciéndote que algo está mal aunque no sepas qué.

No paré.

Mandé otro cuento. Después otro. Siempre el mismo método: el prompt, la edición, el injerto. Cada vez editaba menos. Cada vez la proporción se inclinaba más hacia el lado de la pantalla y menos hacia el lado de mis manos. Al principio era setenta por ciento máquina, treinta mío. Después ochenta-veinte. Después noventa-diez. El diez por ciento era yo eligiendo el prompt, que es como decir que el mérito del jinete es haberle dicho al caballo para dónde correr.

Me publicaron cuatro veces más. Un editor me escribió. Dijo que tenía "una voz muy personal". Muy personal. Me reí tanto que me dolió la mandíbula. Me reí solo, a las tres de la mañana, con la cara azul de pantalla, riéndome de esa frase, "una voz muy personal", mientras las trescientas ochenta copias del manifiesto seguían debajo de mi cama pudriéndose como un cadáver que nadie encuentra.

"El arte es la última trinchera de lo imperfecto."

Esa línea es mía. Esa sí es mía. La escribí yo, solo, borracho, convencido de algo. Es la única línea completamente mía que escribí en mi vida. Y nadie la recuerda. Nadie la leyó. Está debajo de una cama en un departamento en Santiago, en una hoja de risografía que se está poniendo amarilla.

Todo lo demás —lo publicado, lo elogiado, lo que tiene mi nombre— todo lo demás es carne muerta con corriente eléctrica. Se mueve. Parece viva. Si no la tocas, si no la hueles de cerca, no notarías la diferencia.

Pero yo la noto.

La noto cada vez que me siento a escribir y abro dos pestañas: la del documento en blanco y la del generador. La del documento en blanco se queda en blanco. Siempre se queda en blanco. Y la otra pestaña espera, paciente, con el cursor titilando como un pulso artificial, como un corazón que no se cansa, que no duda, que no necesita vino ni insomnio ni trescientas ochenta copias de nada debajo de ninguna cama.

A veces me miro las manos. Las miro un rato largo, como miraba las láminas de la Connie aquella vez. Son manos normales. No tienen nada especial. Nunca tuvieron nada especial. Pero eran mías, ¿entiendes? Eran lo que yo tenía.

Carne Viva.

Ya no sé si queda carne. Ya no sé si alguna vez hubo.