Distinto

Distinto

La última vez que alguien me tocó como si yo fuera algo que se quiere conservar, fue un domingo. Un domingo ordinario, de esos que no significan nada hasta que después significan todo. Martín me estaba pasando los dedos por el pelo —tenía esa costumbre de acariciarme la nuca cuando veíamos algo en Netflix, como si yo fuera un gato, como si fuera suyo, como si fuera algo que se queda— y me dijo, así de la nada, sin contexto, "tienes las pestañas más largas que he visto". No "más lindas". No "más bonitas". Más largas. Como si las hubiera medido. Como si las hubiera comparado con todas las pestañas que habían pasado por su vida y las mías hubieran ganado el concurso.

Me reí. Le dije que era ridículo. Seguimos viendo la serie. No me acuerdo qué serie era, pero me acuerdo de su mano en mi nuca, del peso exacto de sus dedos, de cómo olía a desodorante barato y a pan tostado. Me acuerdo porque uno se acuerda de esas cosas sólo cuando ya no las tiene, cuando el cerebro decide convertir un domingo cualquiera en una reliquia, en una vitrina de museo, en la última foto antes del terremoto.

Esa fue la última vez que alguien me tocó así. No la última vez que alguien me tocó —eso vino después, en apps, en piezas prestadas, en camas que olían a otro—, sino la última vez que alguien me tocó como si no hubiera apuro, como si no hubiera un swipe esperando, como si mi cuerpo fuera un lugar donde quedarse y no una parada de micro.

Me lo dijo un martes después de almuerzo, como quien avisa que se va a cambiar de plan de celular.

"Oye, tengo que contarte algo." Así partió, con esa frase que es la madre de todas las puñaladas, la que te avisa que viene el cuchillo pero no te dice por dónde. Estábamos en su departamento, yo lavando los platos —porque yo siempre lavaba los platos, porque yo era el que cocinaba, el que limpiaba, el que armaba la domesticidad como si fuera un nido, como si con suficientes platos limpios pudiera retenerlo— y él estaba sentado en el sillón con esa cara de veterinario que te va a explicar que tu perro tiene algo incurable.

"Voy a intentarlo con la Cata."

La Cata. Su amiga. La que iba a las juntas y se reía mucho y le tocaba el brazo cuando hablaba y a la que yo le caía bien, o al menos eso creía, porque cuando estábamos los tres ella me trataba con esa cordialidad estudiada de la gente que ya te está reemplazando por dentro pero todavía no le toca el turno por fuera.

"¿Intentarlo?" le dije. Con agua hasta los codos. Con el plato de la cena que habíamos compartido hace dos horas todavía tibio entre mis manos. "¿Intentar qué?"

Y ahí vino la explicación. La gran explicación. El discurso del abandono. Que sus papás quieren nietos. Que él siempre quiso ser papá. Que con un hombre eso es más difícil, más caro, más trámite. Que con ella es "más natural". Natural. Usó esa palabra. Natural. Como si lo nuestro hubiera sido un experimento de laboratorio, un error de la naturaleza que finalmente se estaba corrigiendo.

"No es que no te quiera", dijo. Obvio. Siempre dicen eso. Es el disclaimer legal del desamor, la letra chica que nadie lee pero que te permite irte sintiéndote buena persona. "Es que con ella es distinto."

Distinto.

Ahí está. La palabra. La granada sin seguro. Distinto. ¿Distinto cómo? ¿Distinto porque tiene útero? ¿Distinto porque tiene ovarios? ¿Distinto porque puede fabricar personas con el cuerpo y yo sólo puedo fabricar orgasmos y platos limpios? ¿Distinto porque cuando llega a la cena de Navidad con una mujer del brazo nadie hace silencio, nadie mira para otro lado, nadie cambia de tema?

"Distinto", repitió, como si la repetición explicara algo.

Solté el plato. No se quebró. Me hubiera gustado que se quebrara, para tener un sonido que acompañara el momento, una onomatopeya del desastre, pero el plato era de plástico porque Martín compraba todo en el Miniso como si vivir fuera un campamento. El plato de plástico rebotó en el lavaplatos y quedó ahí, flotando en el agua sucia, ridículo, igual que yo.

Le dije que estaba bien. Que lo entendía. Que le deseaba lo mejor. Le dije todas esas cosas que uno dice cuando tiene el orgullo como única pertenencia y lo agarra con las dos manos aunque se esté hundiendo. Y me fui. Caminé hasta mi departamento con las manos mojadas porque no me sequé, porque se me olvidó, porque cuando te quiebran algo por dentro las instrucciones básicas de funcionamiento se desconfiguran y uno camina por la calle con las manos mojadas a las cuatro de la tarde como un demente.

Me armé una narrativa. Uno siempre se arma una narrativa, porque el dolor crudo no se puede tragar, hay que cocinarlo, hay que sazonarlo con explicaciones para que baje. Mi narrativa era esta: me dejó porque el mundo se lo pide. Porque la sociedad. Porque la familia. Porque la biología es más fuerte que el amor y el útero le ganó al afecto. No es que yo no fuera suficiente, es que mi cuerpo no puede hacer lo que el de ella hace. Es una insuficiencia estructural, no personal. Como nacer sin alas y que te dejen porque la otra puede volar. No es tu culpa. Es diseño.

Me repetía eso. En la ducha, en la micro, en la fila del supermercado. No es tu culpa, es diseño. Un mantra. Una oración. Un rosario de mierda que iba pasando cuenta por cuenta para no volverme loco.

Y funcionó. A medias, pero funcionó. Pasaron las semanas y yo sobrevivía con esa historia, con esa versión editada del abandono donde yo era la víctima noble de un sistema injusto y no simplemente un tipo al que dejaron de querer.

Hasta que me enteré de que la Cata estaba embarazada.

Tres meses. Le vi la ecografía en Instagram porque soy masoquista y todavía no la bloqueaba, porque bloquear es admitir que duele y yo estaba en la fase de demostrar que no me importaba. Ahí estaba la manchita gris en la pantalla negra, la manchita que era la prueba irrefutable de que Martín había conseguido lo que conmigo era imposible. Una manchita. Un futuro. Un argumento biológico convertido en píxeles.

Y sentí algo raro. No rabia. No tristeza. Algo más hondo. Algo que no tiene nombre en castellano, o que si lo tiene yo no lo conozco. Una especie de duelo por algo que nunca tuve ni podía tener. Como si mi cuerpo, al ver esa ecografía, entendiera por primera vez y de manera definitiva que hay un club al que no pertenece, una función que no cumple, una puerta biológica que está soldada por dentro.

Esa noche me tocaba el abdomen antes de dormir. No sé por qué. Como buscando algo. Como comprobando que ahí dentro no había nada. Que ahí dentro sólo había vísceras y comida a medio digerir y un vacío que ningún óvulo iba a llenar jamás. Me toqué la panza y pensé en la Cata tocándose la suya, y pensé que ella probablemente estaba feliz, y que Martín probablemente le estaba acariciando la nuca como me la acariciaba a mí, y que la manchita gris estaba creciendo, alimentándose, construyéndose huesos y ojos y dedos mientras yo me tocaba un abdomen plano lleno de nada.

Distinto, pensé. Tiene razón. Es distinto.

Me enteré por Nico, que se enteró por Jorge, que se enteró por Grindr, que es como funciona el chisme gay: una cadena de WhatsApp con capturas de pantalla y emojis de payaso. Nico me mandó un audio de dos minutos que empezaba con "weón, siéntate" y terminaba con "te juro que no te estoy webeando".

Martín había dejado a la Cata.

A la Cata. La del útero. La del embarazo. La del argumento biológico. La de los padres contentos y la cena de Navidad sin silencios incómodos. La del futuro. La de "es distinto". Martín la había dejado.

¿Por quién?

Por un pendejo de veintiuno que se llama Seba, que mide uno ochenta y cinco, que tiene la mandíbula como dibujada por un arquitecto y que —según las fotos que Nico me mandó con una eficiencia forense que agradezco y detesto— es culón. Culón de verdad. Culón de gimnasio cinco veces a la semana, culón de proteína y sentadilla profunda, culón de foto de espaldas en el espejo con la luz justa. Y dotado. Porque por supuesto que es dotado. Porque cuando el universo decide humillarte no se conforma con un detalle, no, te da el paquete completo. El Seba era el catálogo de Grindr hecho carne: uno ochenta y cinco de puro músculo con un culo que desafía la gravedad y un pene que, según las fotos que circulaban —porque siempre circulan, porque en este mundito todo circula como las enfermedades y los rumores—, era del tipo que te hace replantearte la anatomía humana.

Me quedé mirando el techo un rato largo después de escuchar el audio. El techo de mi pieza tiene una mancha de humedad que parece un mapa. A veces parece Chile, a veces parece Italia, depende de la luz. Esa noche parecía un útero, pero probablemente era yo que estaba loco.

Hice lo que cualquier persona racional y emocionalmente estable haría: me puse a investigar. Abrí Instagram. Lo busqué. Perfil público, porque por supuesto que era público, porque cuando tienes ese cuerpo no lo escondes, lo exhibes, lo conviertes en tu currículum. Fotos en la playa. Fotos en el gimnasio. Fotos con Martín.

Con Martín.

Mi Martín. El Martín que me acariciaba la nuca. El Martín que quería hijos. El Martín que me dejó porque la biología, porque la naturaleza, porque lo "distinto". Ese Martín estaba en las fotos del otro, sonriendo con esa sonrisa de dientes perfectos que yo conocía tan bien, abrazando una cintura que no era la mía, posando la mano en un culo que no era el mío. Y se veía feliz. Esa era la parte que más dolía. No que estuviera con otro. Que se viera feliz con otro.

Empecé a reconstruir la cronología, porque el dolor te convierte en detective, te da poderes de investigación que en circunstancias normales reservarías para matar el tiempo. Primer follow: cuando la Cata tenía cuatro meses. Primer like: cuando la Cata tenía cinco. Primera historia compartida: cuando la Cata tenía seis. Estaban cogiendo antes de que naciera la guagua. Martín estaba mandándole fotos de pico a un culón de Grindr mientras la mujer que "le iba a dar hijos" vomitaba de mañana y se le hinchaban los tobillos.

Y ahí fue cuando la narrativa se derrumbó. No se derrumbó: se pulverizó. Se hizo polvo. La historia noble que yo me había construido para sobrevivir —la biología, la presión social, el útero como argumento— se desintegró.

Nunca fueron los hijos.

Nunca fue la Cata.

Nunca fue lo "distinto".

Fue que yo no le alcanzaba. Y la Cata tampoco le alcanzaba. Y el hijo que estaba por nacer tampoco le alcanzaba. Nadie le alcanzaba, o más bien, todo el mundo le alcanzaba exactamente hasta que aparecía algo mejor, algo más nuevo, algo más culón y más dotado y con mejores fotos de perfil. La Cata fue la excusa noble para dejarme a mí. El Seba fue la verdad para dejar a la Cata. Y el hijo —el famoso hijo, el argumento biológico, la manchita gris, el futuro— el hijo fue un efecto colateral, un accidente de tránsito en la autopista del deseo de Martín, un daño colateral que iba a nacer con diez dedos y dos padres que lo usaron de coartada.

Y ahí pensé en la Cata. En la Cata de verdad, no en la Cata que yo había odiado en secreto durante meses. Pensé en ella con el bebé creciendo adentro, sola, descartada exactamente igual que yo, con la misma cara de "¿qué hice mal?" que probablemente yo tuve aquella vez frente al lavaplatos. Ella y yo éramos lo mismo. Dos envases que Martín usó y devolvió. Ella le dio un útero y yo le di un año y medio de platos limpios y los dos recibimos la misma moneda: la espalda de un tipo caminando hacia otra puerta.

Distinto, me dijo. Es distinto con ella.

Sí, Martín. Es distinto. Es distinto cada vez, con cada persona, en cada cama. Es distinto porque tú no sabes quedarte, porque para ti las personas son ofertas de temporada y el amor es un carrito de supermercado que se llena y se vacía y se vuelve a llenar. Es distinto porque nada es distinto, porque tratas a todo el mundo exactamente igual: como algo que se usa hasta que aparece algo mejor.

Y lo mejor, esta vez, tenía un culo de gimnasio y un pico de catálogo.

No sé en qué momento empecé a desaparecer. No fue un evento, fue un proceso. Como la humedad. Como la calvicie. Como esas cosas que un día notas y te das cuenta de que llevan semanas pasando sin que las miraras.

Primero fue Grindr. Cero mensajes. Cero visitas al perfil. Revisé si la app funcionaba, si me habían baneado, si había un error. Nada. Funcionaba perfecto. Simplemente nadie me veía. Cambié la foto. Puse una mejor, una con buena luz, una donde se me marcaban los brazos. Nada. Puse una más explícita, una de esas que uno se saca en el baño con la toalla baja y la dignidad más baja todavía. Nada. Era como gritar en un cuarto insonorizado. Como existir en un servidor donde tu perfil no carga.

Después fue la calle. Fui a comprar café a la esquina. El barista —uno que me conoce, que me ha visto cien veces, que sabe que pido americano con un shot extra— atendió al de atrás. Dije "disculpa". Nada. Levanté la mano. Nada. Tuve que golpear el mesón para que me mirara, y cuando lo hizo fue con esa expresión de alguien que mira a un mueble que se movió, una confusión momentánea antes de seguir con su vida.

Le escribí a Nico para juntarnos. Dijo que sí. Me vestí. Caminé hasta el bar. Esperé una hora. Le escribí "¿vienes?". Me respondió a las dos de la mañana: "perdón, se me olvidó que existías". Así, textual. "Se me olvidó que existías." Lo leí tres veces. Cuatro. Cinco. Se me olvidó que existías. No "se me olvidó la junta". No "se me pasó la hora". Se me olvidó que existías. Como si mi existencia fuera un dato menor, un post-it que el viento se llevó, algo que se puede olvidar como se olvida comprar el pan o pagar una cuenta.

Un martes fui al supermercado. Puse las cosas en la cinta. La cajera pasó los productos. Pagué. Me fui. En el camino me di cuenta de que en ningún momento me había dicho nada. Ni hola, ni el total, ni chao. Me cobró sin mirarme. Tomó el dinero como si las monedas flotaran solas, como si la compra se hubiera pagado a sí misma, como si yo no fuera más que un mecanismo entre los productos y la caja.

Podría haber estado desnudo en medio de la calle y nadie habría mirado. Podría haber estado llorando en el banco de la plaza y nadie se habría sentado al lado. Podría haber estado muerto y nadie habría notado la diferencia, porque ¿cuál es la diferencia entre un muerto y un invisible? Ninguna. Los dos ocupan espacio sin justificarlo.

De noche era peor. De noche el departamento se sentía como un acuario vacío. Yo flotaba entre las paredes, entre la cocina y la cama, entre el baño y el sillón, sin peso, sin ruido, sin propósito. Prendía la tele para que hubiera voces. Dejaba la luz encendida para que hubiera sombra, porque si no tengo sombra ¿cómo compruebo que existo?

Y el cuerpo. El cuerpo hacía cosas.

Las náuseas volvieron. No como metáfora, no como malestar emocional traducido a síntoma. Náuseas de verdad. De las que te doblan sobre el water a las seis de la mañana y te dejan con gusto a bilis y los ojos llorosos. Vomitaba todos los días. Un médico habría dicho gastritis, estrés, ansiedad somatizada. Pero yo sabía. Yo sabía que no era eso. Yo sabía que algo estaba pasando ahí dentro, algo que no tenía nombre ni explicación ni ecografía, algo que crecía porque tenía que crecer, porque cuando el mundo entero te ignora, cuando nadie te toca, cuando nadie te mira, el cuerpo fabrica su propia compañía.

Se me hinchó el abdomen. No mucho al principio. Lo suficiente para que los pantalones apretaran. Lo suficiente para que, cuando me miraba de perfil en el espejo, hubiera una curva donde antes había un plano. Me tocaba antes de dormir, como al principio, pero ahora no buscaba la ausencia sino la presencia. Algo se movía. Algo palpitaba. Un golpecito pequeño, como un nudillo tocando una puerta desde adentro. Toc toc. ¿Hay alguien? Sí. Yo. Estoy acá. No me puedes bloquear. No me puedes dejar en visto. No me puedes dejar por un culo mejor porque no tengo Grindr, no tengo fotos de perfil, no tengo cuerpo todavía. Sólo estoy. Sólo crezco. Sólo me quedo.

Caminaba por la calle y la gente me esquivaba sin verme, como se esquiva un poste. Me sentaba en la plaza y las palomas se me paraban encima, porque para las palomas yo era paisaje, era banco, era cosa. El mundo me había aprendido a no ver, exactamente como todos los que me bloquearon, como Martín que me reemplazó, como el barista y la cajera y Nico que se olvidó de que existía. Yo era el visto sin respuesta del universo.

Pero la cosa adentro. La cosa adentro me veía. Me sentía. Me habitaba.

Ahora te hablo a ti. A ti, que estás en el espejo. A ti, que me miras con esa cara que yo conozco pero que ya no reconozco del todo, como una foto vieja que se le borró un pedazo.

Vamos a hacer un inventario. Un inventario de lo que hay. De lo que tenemos. De lo que no alcanzó.

Partamos por arriba: el pelo. Delgado, medio opaco, con esas entradas que empezaron a los veinte como una traición genética tempranera. Martín tenía pelo grueso. El Seba tiene pelo grueso. Tú tienes pelo de viejo prematuro. Menos uno.

La cara. Pasable. Ojos oscuros, nariz grande, mentón que no existe. No eres feo, pero tampoco eres la cara que alguien recuerda. Eres la cara que se olvida en el metro, la que no aparece en los sueños de nadie, la que ningún barista reconoce. Eres, en el mejor de los casos, un rostro promedio. Y el promedio en Grindr es igual a invisible.

El pecho. Flaco. Con esas costillas que se marcan no por fitness sino por genética de pájaro. Podrías ir al gimnasio, sí, podrías hacer press de banca y comer pollo hervido como el Seba, pero seamos honestos: hay cuerpos que responden y hay cuerpos que se disculpan. El tuyo se disculpa. El tuyo dice "hice lo que pude" y es poco, es tan poco.

El culo. Ahí está el centro del asunto. El nudo de la tragedia. Porque te dejaron por un culo, ¿entiendes? No por una idea, no por un sentimiento, no por un proyecto de vida. Por un culo. Y el tuyo, mirémoslo, seamos crueles, seamos honestos como nunca fuimos: es plano. Es un culo que pide disculpas. Un culo que se esconde en los jeans, que no llena nada, que no curva nada, que en una foto de perfil desaparece como tú desapareces en la calle. El culo del Seba es una declaración de principios. El tuyo es un silencio.

El pico. No vamos a hablar del pico. O sí. Sí vamos a hablar. Porque el Seba es dotado, ¿te acuerdas? Dotado. El mundo premió a ese pendejo de veintiuno con altura, mandíbula, culo y pico, como si Dios hubiera hecho una preventa exclusiva y a ti te hubieran dado lo que quedaba en bodega. Lo que tienes entre las piernas es funcional. Correcto. Suficiente, si la otra persona te quiere lo suficiente. Pero nadie te quiere lo suficiente. Ese es el problema. Nadie te quiere tanto como para que lo suficiente alcance.

Te acercas al espejo. Más. Más cerca. Hasta que tu aliento empaña el vidrio y tu cara se borra un poco por los bordes, como ya se estaba borrando de todas maneras. Te agarras la piel del abdomen y tiras. Se estira. Es blanda. Es la piel de alguien que no hace sentadillas, que no toma proteína, que no tiene fotos sin polera porque ¿para qué? ¿Para que alguien le mande un emoji y después lo bloquee?

Te sacas la polera. Te miras. Las costillas. Los brazos flacos. Los hombros que no llenan nada. Y abajo, el abdomen hinchado, redondo, obsceno en medio de tanta flacura, como un globo pegado a un esqueleto, como algo que no debería estar ahí pero que está, que crece, que pulsa.

Te tocas las costillas y piensas: podría reubicarlas. Podría moverlas. Si tuviera las herramientas adecuadas podría abrir este cuerpo como una maleta mal hecha y reorganizar el contenido. Poner músculo donde hay hueso. Poner volumen donde hay vacío. Rellenar el culo, agrandar el pico, espesar el pelo. Convertirme en el catálogo, en el Seba, en lo que se queda, en lo que no se descarta.

Te miras los ojos en el espejo y piensas: si me los sacara podría verme desde afuera. Podría poner los ojos sobre el lavamanos, apuntando hacia mí, y verme como me ven los demás. Verme como me ve Grindr. Verme como me vio Martín la última vez, cuando ya no me veía, cuando ya estaba mirando otra pantalla, otro perfil, otro culo. Si me sacara los ojos tal vez entendería. Tal vez vería el defecto. La falla de fábrica. El error de diseño que hace que la gente se vaya.

Te agarras la piel de la cara y tiras. Se estira. Se podría sacar. Como una máscara. Debajo tiene que haber algo mejor, algo que funcione, algo que alguien quiera mirar dos veces. Debajo de esta cara tiene que haber otra cara, una que los baristas recuerden, una que no se olvide en los sueños de nadie. Tiras más fuerte. Duele. Duele bien. Duele como lo único que has sentido en semanas que no sea el movimiento dentro de la panza.

Y mientras te desarmas —mientras tiras de la piel y empujas las costillas y te revisas el culo con las manos como un mecánico buscando el desperfecto— la cosa adentro patea. Fuerte. Como diciendo basta. Como diciendo para. Como diciendo yo estoy acá, yo no me voy, yo no necesito que tengas mejor culo ni mejor pico ni mejor cara, yo estoy creciendo adentro de esto que tú quieres romper y a mí me basta, a mí me alcanza, a mí esto que tú llamas insuficiente me parece una casa.

Pero no paras. No puedes. Porque ya empezaste y el inventario tiene que terminarse. Porque llevas meses desapareciendo y esta es la única forma de comprobar que hay algo: tocándolo, tirando de ello, doliéndolo. El dolor es la última prueba de existencia. Duelo, luego existo.

Estoy en el piso del baño. No sé cuánto llevo acá. Las baldosas están frías y tengo la polera en algún lado y el espejo está empañado o roto o las dos cosas, no estoy seguro. Me miro las manos y están translúcidas. Las levanto contra la luz del tubo fluorescente y puedo ver las baldosas a través de ellas, borrosas, como a través de un vidrio sucio. Mis brazos son vidrio sucio. Mi pecho es vidrio sucio. Todo yo soy una cosa que la luz atraviesa sin detenerse, un obstáculo que dejó de serlo, una puerta que se quedó abierta para siempre.

Pero el abdomen. El abdomen es sólido. El abdomen es opaco. El abdomen es lo único de mí que todavía ocupa espacio de verdad, que todavía tiene peso, que todavía bloquea la luz. Me la toco. Está caliente. Está dura. Está llena de algo que no sé qué es y que no me importa qué es porque es lo único que tengo, lo único que se quedó, lo único que no me bloqueó, que no me dejó en visto, que no se fue con un culón de Grindr ni con una mujer que fabrica hijos como coartada.

Siento una patada.

Fuerte. Clara. Inequívoca. Algo ahí dentro tiene rodilla, o codo, o puño, o lo que sea que tengan las cosas que crecen dentro de los cuerpos que nadie quiere. Algo ahí dentro está vivo y me está diciendo que está ahí.

Es lo único que me ha tocado en meses.

Sonrío.

Es distinto.