El carrito

El carrito

Todo empezó por unos pañales. Pañales, para ser exacto, de la marca rosada con el bebé que parece dopado de felicidad, el bebé más feliz del mundo, el bebé que caga y no lo sabe y por eso sonríe, que es la definición exacta de la inocencia si lo piensas. Pañales. En mi feed. Entre un reel de un golden retriever y una receta de pasta al pesto que no iba a hacer nunca.

Pañales.

Yo tengo treinta y seis años, un departamento en Ñuñoa con un gato que se llama Bowie —sí, como todos los gatos de Ñuñoa—, una pareja hace cuatro años que se llama Martín, y un historial de búsqueda que incluye las palabras "mejor restaurante peruano Santiago", "cómo sacar manchas de vino de un sillón blanco" y "¿es normal que un gato ronque?". En ningún momento, en ningún rincón de mi existencia digital, le di a entender al algoritmo que necesitaba pañales. Pero ahí estaban. Así que hice lo que haría cualquier persona funcional del siglo veintiuno: los ignoré.

Pero el algoritmo no ignora. El algoritmo insiste. El algoritmo es tu mamá.

A la semana ya no eran solo pañales. Eran coches. Cunas. Una cosa que se llama "sacaleches eléctrico" y que parece un instrumento de tortura medieval adaptado para una estética Muji. Yo miraba eso y pensaba: a quién le están hablando. A quién le están vendiendo esta vida. ¿Se cruzaron los cables? ¿Le dieron mi perfil a un tipo de La Florida con tres hijos y una Hyundai Tucson? Porque ese tipo no soy yo. Ese tipo no podría ser yo. Ese tipo es todo lo que juré no ser cuando a los quince le dije a mi mamá —con la voz temblando y los ojos fijos en el florero más feo del mundo, un florero celeste con girasoles pintados que todavía puedo ver cuando cierro los ojos— que me gustaban los hombres.

A mi mamá le tomó tres días responder. Tres días en los que el florero seguía ahí, en la mesa del comedor, mirándome con sus girasoles obscenos cada vez que yo pasaba a servirme agua. Al cuarto día me dijo: ya, pero igual puedes tener hijos. No dijo "te quiero igual". No dijo "eso no cambia nada". Dijo: igual puedes tener hijos. Como si lo que yo le hubiera confesado no fuera una orientación sexual sino un desperfecto logístico, un inconveniente menor en la cadena de producción familiar, algo que se arregla con voluntad y un buen doctor.

Igual puedes tener hijos.

Eso dijo. Y yo pensé que la había superado. Que esa frase se me había resbalado. Que era una anécdota que contaba en asados con la distancia irónica del maricón que ya tiene su vida resuelta, el que se ríe de su propia tragedia porque la tragedia ya pasó, ¿no? Ya pasó.

Pero el algoritmo.

El algoritmo no te muestra lo que quieres. El algoritmo te muestra lo que eres. Y yo, a las dos de la mañana, con Martín roncando al lado —Martín ronca como un antiguo, como un patriarca, ronca con una autoridad que a veces me da ternura y a veces me dan ganas de asfixiarlo con la almohada—, yo a las dos de la mañana estaba mirando los pañales. No con asco. No con ironía. Los estaba mirando como se mira una vitrina de Navidad. Con el dedo quieto sobre la pantalla. Con algo en la garganta que no era risa.

Hice clic.

No los compré, no soy psicópata. Pero hice clic. Y hacer clic es como abrir una puerta que no sabías que tenía tu casa: de pronto hay una habitación nueva, y la habitación está amoblada, y hay una cuna, y la cuna tiene un móvil con estrellitas que giran, y las estrellitas hacen una sombra en el techo que se parece sospechosamente a la vida que no vas a tener.

El algoritmo, por supuesto, se volvió loco de alegría. Le hice clic. Le di sangre al tiburón. Al día siguiente me apareció un aviso de un jardín infantil en Providencia que se llamaba "Pequeños Exploradores", con una foto de niños rubios —siempre rubios, como si los niños morenos no merecieran educación temprana— haciendo algo con témpera que pretendía ser arte. Y debajo, un botón: "Agenda una visita". Yo miré ese botón y pensé, con total claridad: no tengo hijos. No voy a tener hijos. No hay ningún niño. Y aun así lo que sentí fue que estaba atrasado. Que debería haber agendado esa visita hace años. Que todos los Sebastianes y Franciscas del colegio ya habían agendado la suya y yo estaba ahí, treinta y seis años, sin haber siquiera empezado el proceso de selección de jardín infantil para un hijo que no existe.

¿Sabes lo que es sentir culpa por no cumplir un plazo que nadie te puso? ¿Sentir que vas tarde a una cita que nunca agendaste? Eso. Exactamente eso.

Martín no sabía. Martín estaba en su realidad paralela, que es la realidad de un hombre al que le basta con lo que tiene, cosa que en teoría es una virtud pero en la práctica es una forma muy elegante de no hacerse preguntas. Martín cocina los domingos, Martín va al gimnasio tres veces por semana, Martín tiene la espalda ancha y las certezas anchas y nunca, nunca ha mirado un aviso de pañales a las dos de la mañana con ganas de llorar. Martín salió del clóset y se instaló afuera como quien se muda a un departamento nuevo: ordenó todo, decoró, invitó gente. Yo salí del clóset y me llevé el clóset puesto. Cambié los colgadores, pero la estructura es la misma.

Porque eso es lo que no te dicen. Te dicen: sal del clóset. Te dicen: vive tu verdad. Te dicen: el amor es amor. Y todo eso es cierto, todo eso es hermoso, todo eso queda muy bien en un cartel de marcha. Pero nadie te dice que salir del clóset no te saca el guión de adentro. El guión sigue ahí. El guión es un parásito. El guión es una tenia de diez metros que se te enrolla en los intestinos y come lo que tú comes y crece cuando tú creces y quiere lo que la tenia quiere, no lo que quieres tú. Y la tenia quiere hijos. La tenia quiere la foto familiar. La tenia quiere que alguien te diga papá.

La tenia. La tenia del guión. Así empecé a llamarla.

Porque a la tercera semana ya no eran solo avisos. Era un sistema. El teléfono me había construido una vida entera. Yo abría Instagram y ahí estaba: la sillita de auto, el seguro de vida familiar ("protege lo que más quieres"), las vacaciones en un resort con niños, un pediatra en Las Condes con evaluaciones de cinco estrellas. El algoritmo me había dado una familia. No una familia real, claro. Una familia de datos. Una familia hecha de probabilidades y patrones de consumo y la suposición estadística de que un hombre de treinta y seis años con ingresos medios-altos en la Región Metropolitana debería tener hijos. El algoritmo no sabe que soy gay. O lo sabe y no le importa. O lo sabe y piensa: igual puede tener hijos.

Igual puedes tener hijos.

Mi mamá y el algoritmo. La misma frase. La misma lógica. La misma tenia.

Empecé a seguirle el juego. Eso me dije: le estoy siguiendo el juego. Es un experimento sociológico. Es material para una conversación interesante. Es ironía. Así que puse un pañal en el carrito de compras de Falabella. Después una mamadera. Después un body de algodón talla recién nacido, blanco, con una jirafa bordada que tenía una expresión de estupidez apacible que me pareció enternecedora. Enternecedora. Yo, mirando un body con una jirafa idiota, sintiendo ternura, a las tres de la mañana, mientras Martín roncaba su ronquido de patriarca satisfecho.

No lo compré. Solo lo puse en el carrito. El carrito es un limbo, ¿entiendes? El carrito es el purgatorio del capitalismo: las cosas están ahí, suspendidas, ni tuyas ni no tuyas, esperando que tomes una decisión. Yo podía mirar el carrito y sentir que esa vida estaba casi al alcance. Que bastaba un clic. Un clic y el body de la jirafa llegaba en cuarenta y ocho horas a mi departamento de Ñuñoa donde no había ningún recién nacido, solo un gato que ronca y un hombre que ronca y yo, que no ronco, que no duermo, que miro el carrito.

El carrito fue creciendo. Esto es importante. El carrito no para de crecer. El carrito tiene hambre. El carrito es la tenia. Un día tenía pañales y mamaderas, al otro tenía un gimnasio de estimulación temprana, una bañera plegable con termómetro incorporado, un libro que se llamaba "Papá por primera vez: guía para hombres" —la heterosexualidad del título me dio arcadas y aun así lo dejé ahí—, y un set de baberos con la frase "I love Daddy" que era tan obscena, tan insoportablemente tierna, que me quedé mirándola como cinco minutos con la garganta cerrada.

I love Daddy.

¿Quién le dice eso a quién? ¿El babero me habla a mí? ¿El hijo inexistente me habla a mí? ¿El algoritmo me habla a mí? ¿Mi mamá me habla a mí?

Igual puedes tener hijos.

A veces me despertaba a las cuatro de la mañana e iba al baño y me sentaba en el water y abría el carrito como quien abre una ecografía. Miraba los objetos. Los recorría. Eran veintitrés artículos. Ciento ochenta y cuatro mil pesos. Esa era la cifra. Ciento ochenta y cuatro mil pesos costaba la simulación de una vida que no tenía. No la vida, claro. La vida real de un hijo cuesta millones, años, el cuerpo entero, el sueño entero, todo. Pero la simulación, el decorado, el atrezzo de la paternidad: ciento ochenta y cuatro mil pesos. Bastante razonable si lo piensas. Una ganga para completar el guión.

Martín lo encontró un martes.

No el carrito. La búsqueda. Yo había dejado el computador abierto —estupidez mía, imperdonable, el pecado original del hombre contemporáneo es no cerrar las pestañas— y Martín se sentó a buscar una receta de curry y ahí estaba: mi historial. "Adopción homoparental Chile requisitos." "Gestación subrogada costos Latinoamérica." "Vientre de alquiler Colombia es legal." "Madres que donan óvulos para parejas gay."

Madres que donan óvulos.

Martín me miró como no me había mirado nunca. No con enojo. No con dolor. Con algo peor: con reconocimiento. Como si por fin entendiera algo que llevaba cuatro años sospechando. Me dijo: ¿hace cuánto? Y yo no supe qué responder porque la pregunta era demasiado grande. ¿Hace cuánto qué? ¿Hace cuánto busco información sobre paternidad? ¿Hace cuánto miro el carrito? ¿Hace cuánto tengo la tenia? ¿Hace cuánto quiero ser algo que no puedo ser sin pedirle a alguien —a una mujer, siempre a una mujer, al final siempre se necesita una mujer— que ponga el cuerpo que yo no tengo?

No quiero acostarme con una mujer, le dije. Como si eso fuera lo importante. Como si eso fuera lo que él me estaba preguntando. Martín se rio. Una risa corta, seca, una risa que sonó como un hueso quebrándose. Me dijo: ya sé que no quieres acostarte con una mujer, hueón. Eso lo sé. Lo que no sabía es que quieres ser una.

Y me pegó la frase en el esternón. Porque no era cierto. Pero tampoco era mentira. Yo no quería ser una mujer. Yo quería tener lo que el guión dice que una mujer tiene: el útero. El órgano que falta. La pieza del rompecabezas que completa la imagen de la caja. No el útero real —el útero real es sangre y dolor y miomas y cáncer y todo lo que las mujeres soportan y que los hombres miramos desde afuera con una mezcla de reverencia y asco—, no el útero real, sino el útero simbólico. El útero del guión. El que hace que la historia avance, que la genealogía continúe, que tu mamá pueda decir en las reuniones familiares: sí, mi hijo es gay, pero tiene un niño precioso.

Martín se fue esa noche. No definitivamente. Se fue a la casa de una amiga, como se van los adultos funcionales cuando necesitan distancia: con una mochila, sin portazo, con una frase quirúrgica. Me dijo: cuando sepas qué quieres, me llamas. Y yo me quedé en el departamento con Bowie, que se subió al sillón y me miró con esos ojos de gato que no juzgan porque no saben juzgar, que es distinto a no juzgar por bondad.

Y abrí el carrito.

Veintitrés artículos. Ciento ochenta y cuatro mil pesos.

Esa noche lo compré todo. Todo. Apreté el botón con el pulgar y sentí el clic como un disparo. Confirmación de compra. Su pedido llegará en 48 horas. Y durante un segundo —un segundo largo, un segundo gordo, un segundo que pesaba como un embarazo— sentí paz. Una paz enorme. La paz de la casilla marcada. La paz del checkbox. La paz del que por fin hace lo que tenía que hacer, aunque lo que tenía que hacer no tenga ningún sentido.

Llegó todo un jueves. Cinco cajas. El conserje me miró con una cara que era una pregunta que no iba a hacer. Subí las cajas. Las abrí en el living. Saqué cada cosa y la puse sobre la mesa del comedor: los pañales, la mamadera, el body de la jirafa, los baberos, la bañera, el libro. Todo ahí, desplegado, limpio, nuevo, inútil. Parecía una instalación de arte contemporáneo. Parecía una ofrenda. Parecía la escena de un crimen que todavía no ocurría.

Me senté frente a todo eso y esperé.

No sé qué esperaba. Que algo pasara. Que alguien llorara. Que la jirafa del body me mirara y me dijera papá. Que el guión se completara por pura acumulación de objetos, como si la vida fuera un inventario y bastara tener las cosas para tener la experiencia. Pero no pasó nada. Bowie olió la bañera y se fue. El body seguía ahí con su jirafa imbécil. Los pañales olían a pañal nuevo, que es un olor que no se parece a nada, un olor diseñado en un laboratorio para activar algo en el cerebro de alguien que yo no soy.

Entonces hice algo que no puedo explicar. O que puedo explicar pero que prefiero que lo entiendas sin explicación, porque si lo explico se rompe.

Agarré el body. El blanco. El de la jirafa. Lo doblé como si fuera algo importante, con cuidado, con las dos manos, alisando las arrugas. Y me lo puse en el vientre. No me lo puse encima: me lo puse en. Contra la piel. Debajo de la polera. El algodón frío contra el abdomen. Y me quedé así, sentado en el sillón, con un body de recién nacido pegado a la panza, mirando la pantalla apagada del televisor, que me devolvía una imagen oscura de mí mismo que parecía un cuadro, un cuadro feo, un cuadro que nadie colgaría en ninguna parte.

Y lloré.

No de pena. No de alegría. Lloré como llora un órgano que no existe: hacia adentro, sin salida, sin sonido, un llanto que se queda en el cuerpo porque no tiene por dónde salir, porque el conducto que lo llevaría afuera es el mismo que falta, el mismo que el guión prometió y la biología negó y el algoritmo simuló y mi mamá todavía cree que se puede arreglar.

Igual puedes tener hijos.

Sí, mamá. Igual puedo. Pero a lo mejor el problema nunca fue poder o no poder. A lo mejor el problema es que llevo treinta y seis años con hambre de una comida que no me gusta, sentándome a una mesa que no es la mía, esperando un plato que cuando llega no puedo tragar. Y el carrito sigue ahí. En el teléfono. Vacío ahora, pero ahí. Esperando. Porque el carrito nunca se cierra. El carrito siempre tiene hambre.

La tenia siempre tiene hambre.

Martín volvió al viernes siguiente. Vio las cajas vacías apiladas junto a la puerta. No dijo nada. Abrió el clóset para colgar su chaqueta y ahí estaba todo: los pañales, la bañera, la mamadera, el body, los baberos. Ordenados. En el clóset. En mi clóset. El que supuestamente ya no existía. El que supuestamente ya había dejado atrás.

Me miró. Le devolví la mirada. Y Martín hizo lo único que podía hacer, lo único que se puede hacer con un hombre de treinta y seis años que guarda ropa de bebé en el clóset como quien guarda un órgano en formol: cerró la puerta.

No la del clóset.

La del departamento.

Y el body de la jirafa se quedó ahí, en la oscuridad, doblado, esperando un cuerpo que no iba a llegar, en el mismo clóset del que yo había salido veinte años antes jurando que no iba a volver.