El evangelio según la carne
Miren, yo no sé quién va a leer esto, si es que alguien lo lee, pero que quede claro desde ya: yo no soy víctima de nadie. Las víctimas tienen dignidad, tienen marchas, tienen hashtags. Yo lo que tuve fue un colchón king size, una infección urinaria crónica y un viejo que olía a Polo Ralph Lauren y a desesperación. Que no es lo mismo, aunque se le parezca.
Me llamo Julián. Me dicen La Ondina. Me decían. Ahora probablemente me digan "el finadito", "el cabro ese", "una tragedia", qué sé yo. La gente necesita ponerle nombre a lo que no entiende para dormir tranquila. Pero bueno.
Voy a contar cómo fue.
Don Hernán Miguel era lo que mi abuela habría llamado "un hombre de bien". Y mi abuela, que en paz descanse, era idiota, así que ya saben lo que eso significa.
Don Hernán tenía sesenta y un años cuando yo lo conocí. Sesenta y un años de hacer exactamente lo que se esperaba de él. Colegio de curas. Ingeniería comercial. MBA en una universidad gringa de esas que te dan un diploma y una personalidad beige. Matrimonio con una mujer que se llamaba —juro que no invento— María Soledad. Tres hijos. Un labrador dorado. Una casa en La Dehesa con ocho baños, que es la proporción exacta de sanitarios que necesita un hombre para no mirarse al espejo en ninguno. Una vida entera dedicada a cumplir el guión, ¿entienden? Estudiar, trabajar, reproducirse, morir. Como un salmón, pero con corbata.
Y como todo salmón, llegó un día en que algo se reventó.
Él siempre decía que fue en misa. En misa. Me lo contó la primera noche, todavía vestido, todavía con la alianza puesta, todavía fingiendo que lo que hacía era una transacción y no una confesión. Dijo que estaba en la iglesia del Bosque, un domingo cualquiera, oyendo al cura hablar de Lázaro —el que resucita, el que sale del sepulcro apestando a cuatro días de muerte—, y que de pronto lo entendió todo. Que él era Lázaro. Que llevaba sesenta y un años muerto. Que las vendas que lo envolvían eran su traje italiano, su Rolex, su puta casa con ocho baños. Y que Dios, o lo que fuera, le estaba diciendo sal.
Sal.
Pero no salió hacia la luz, ¿verdad? No fue a un retiro espiritual ni se metió a monje ni vendió todo para dárselo a los pobres. No. Don Hernán Miguel salió del sepulcro y se armó un harén.
Un harén de cabros.
De jóvenes.
De nosotros.
Hay que ver cómo lo montó, porque el tipo era ingeniero al fin y al cabo, y hasta para el delirio aplicaba método. Primero fue la propiedad: una parcela enorme en Rinconada, detrás del cerro, invisible desde la carretera. Ocho hectáreas. Un caserón colonial que remodeló con una obsesión que sólo puede tener alguien que nunca ha decorado nada porque siempre lo hizo la señora. Todo era blanco. Mármol blanco, sábanas blancas, toallas blancas. Como un hospital. Como un templo. Como la idea que tiene un hétero de lo que es la pureza.
Después fuimos llegando nosotros. Nunca por la fuerza, ojo. Don Hernán no secuestraba a nadie. Don Hernán reclutaba. Grindr, Telegram, un par de saunas, contactos en pensiones del centro donde los maricones jóvenes y pobres terminan cuando la familia los echa. Ofrecía techo, comida, plata. A cambio de qué, no lo decía al principio. Al principio solo era amable. Y la amabilidad, cuando uno ha dormido tres noches en una plaza, es la droga más dura que existe.
Yo llegué en febrero. Hacía un calor de morirse —qué ironía— y llevaba dos semanas comiendo lo que me regalaban en una feria. Tenía veintidós años, cuarenta y siete kilos, una mochila con dos poleras y una cara que, según todos, era "demasiado bonita para este mundo". Me lo decían como consuelo. Como si la belleza fuera una indemnización por todo lo demás.
Don Hernán me vio y lloró.
Lloró.
Un hombre de sesenta y un años, con cuatro nombres y ocho baños, llorando frente a un joven hambriento en la puerta de su palacio blanco. "Eres perfecto", me dijo, y yo pensé: perfecto para qué, viejo conchetumadre. Pero no lo dije. Porque tenía hambre. Y el hambre, como saben, tiene muy mala memoria y pésimo criterio.
Éramos siete al principio. Después once. Después, en el peak de la locura, quince. Todos hombres, todos jóvenes, todos maricas, todos con alguna fractura visible o invisible que nos hacía maleables. Don Hernán nos llamaba "los apóstoles", y si eso no les da una idea del calibre del delirio, no sé qué más necesitan.
Había reglas. Siempre hay reglas cuando un hétero descubre el sexo gay tarde en la vida, porque confunde el deseo con un proyecto de gestión. Regla uno: no salir de la propiedad sin autorización. Regla dos: mantener el cuerpo limpio, depilado, perfumado, "como Dios los trajo al mundo pero mejor", decía él, y a mí me daban ganas de preguntarle si Dios también traía gillete y crema depilatoria, pero me callaba. Regla tres: disponibilidad total. Y disponibilidad total quería decir exactamente lo que están pensando.
Don Hernán cogía todos los días.
Todos los días.
Con la disciplina de un hombre que ha hecho ejercicio a las seis de la mañana durante treinta años, que ha cuadrado balances, que ha cumplido metas trimestrales. Cogía como quien cumple un KPI del alma. A las diez de la noche, después de cenar —siempre cenábamos bien, eso sí, hay que reconocerlo, el viejo no escatimaba en comida—, elegía a uno, dos, a veces tres, y nos llevaba a lo que él llamaba "la capilla". Que era un dormitorio enorme, todo blanco por supuesto, con una cama redonda en el centro como un altar, espejos en el techo y una imagen del Sagrado Corazón de Jesús colgada sobre la cabecera. Jesús mirándonos con esos ojos de cordero triste mientras Don Hernán Miguel descubría, a los sesenta y un años, que le gustaba que le metieran el puño.
El puño.
Entero.
Con vaselina litúrgica, diría yo, porque todo en esa casa tenía un aire sacramental que revolvía el estómago. Él gemía —y esto lo cuento sin morbo, lo cuento porque hay que contarlo— como un animal al que están curando, no matando. Gemía con gratitud. Con los ojos cerrados y la boca abierta, repitiendo "gracias, gracias, gracias" mientras la mano de alguno de nosotros desaparecía dentro de su cuerpo como entrando a una cueva. Y uno, del otro lado del brazo, pensaba: este es el hombre que firmaba contratos millonarios, que iba a misa los domingos, que le leía cuentos a sus hijos. Y ahora está aquí. Abierto como una fruta. Llorando.
Siempre llorando.
Los fetiches fueron escalando, como escalan todas las cosas cuando el deseo se confunde con la búsqueda espiritual. Porque Don Hernán no cogía por placer, ¿entienden? Cogía por revelación. Cada acto era una estación del Viacrucis invertido. Primero fue lo del fisting, que ya les conté. Después fue la orina. Quería que lo meáramos. De rodillas, en la ducha de mármol blanco, con los brazos abiertos en cruz —en cruz, literal— mientras le caía encima lo que él llamaba "el bautismo verdadero". Y nosotros, parados ahí con nuestras cositas afuera, mirándonos entre nosotros como preguntándonos a qué hora se jodió esto, pero sin decir nada, porque afuera hacía frío y adentro había calefacción central.
Después vinieron las máscaras. Mandó a hacer quince máscaras de yeso, moldeadas sobre nuestras caras, y las colgó en la pared de la capilla. Quería que nos las pusiéramos durante el sexo. Dijo que así éramos "más verdaderos", que la cara humana era "la última máscara" y que quitándola —poniéndonos otra— llegábamos a la esencia. Coger con una máscara de yeso que pesa medio kilo, que te aplasta la nariz, que no te deja respirar bien, es como ser enterrado vivo y que encima te pidan que gimas de placer. Pero lo hacíamos.
Después fue la sangre. No mucha. Un corte aquí, un corte allá. "La comunión", decía él. Juntaba nuestra sangre en una copa de cristal —Baccarat, todo lo mejor— y la bebía antes de empezar. Se la tomaba con los ojos cerrados, con la solemnidad de un cura consagrando el vino, y decía algo en latín que seguramente estaba mal pronunciado pero que a esa altura a quién carajo le importaba la gramática.
Y nosotros mirándolo.
Y Jesús mirándonos.
Y las máscaras colgadas en la pared mirándonos a todos.
Aquí debería decir que éramos infelices, pero la verdad es más complicada y más asquerosa que eso. Éramos infelices y estábamos cómodos. Teníamos buena comida. Teníamos ropa. Teníamos una pileta temperada donde flotábamos durante el día como fetos de lujo, esperando que llegara la noche y el viejo nos convocara con su campana —sí, tenía una campana de bronce, como de iglesia, la había comprado en un remate— para la función de siempre. Algunos hasta se peleaban por ser elegidos. El Rucio, que era de Rancagua y tenía una cicatriz en la ceja que a Don Hernán lo volvía loco, hacía lobby a la hora de la cena. Se sentaba cerca, le servía vino, le tocaba la mano. Puta, si hasta era tierno si uno lo miraba sin contexto. Como un perro pidiendo cariño. Pero con contexto era otra cosa. Con contexto era un cabro de veinticinco años prostituyendo su ternura para que un viejo millonario lo eligiera para los rituales de la noche. Y eso, digan lo que digan, no tiene nada de tierno.
Yo era el favorito. Eso lo saben. Si están leyendo esto es porque alguien encontró este cuaderno y dijo "ah, el favorito del viejo", y por eso importa. Porque los favoritos siempre importan más que los otros, vivos o muertos, y eso es lo más triste del mundo: que ni siquiera en la desgracia hay democracia.
Yo era el favorito porque era el más bonito. Así de simple. Así de insultantemente simple. Don Hernán me miraba y se le aguaban los ojos y decía que yo era "la prueba de que Dios existe", lo cual es mucho peso para un cabro que no terminó cuarto medio y que tiene una hernia inguinal sin operar. Pero bueno. Dios, para Don Hernán, tenía veintidós años, cuarenta y siete kilos y los pómulos altos. Dios usaba bóxer Calvin Klein —regalo del viejo— y tenía una infección urinaria que nadie le trataba porque para eso habría que salir de la parcela y eso no estaba en las reglas.
El favorito.
El favorito significaba: todos los días.
El favorito significaba: siempre en la capilla.
El favorito significaba: yo era la boca, las manos, el cuerpo donde Don Hernán buscaba lo que sesenta y un años de "hombre de bien" le habían negado. Y yo se lo daba. Se lo daba porque me daban de comer. Se lo daba porque no conocía otra cosa. Se lo daba porque, y esto es lo más jodido de todo, a veces —a veces, no siempre, pero a veces— sentía algo parecido al poder. Porque tener a un hombre poderoso gimiendo debajo tuyo, llorando, diciendo tu nombre como una oración, es una forma de poder. Torcida, sucia, falsa. Pero cuando nunca has tenido nada, hasta el poder falso se siente real.
Las cosas se pudrieron en octubre. Como se pudre todo: despacio y después de golpe.
Don Hernán dejó de comer. Dejó de bañarse. Dejó de cambiarse la ropa. Pasaba horas entero en la capilla, solo, hablando con la imagen de Jesús, pidiéndole perdón y después insultándolo, llorando y después riendo, arrancándose pelos del pecho como un penitente medieval. La campana sonaba a cualquier hora. A las tres de la mañana, a las seis, al mediodía. Nos despertaba y nos hacía ir a la capilla para mirarnos, solo mirarnos, sentados en la cama redonda mientras él caminaba alrededor repitiendo "la carne, la carne, la carne". Como un mantra. Como un diagnóstico.
La carne.
La carne.
La carne.
Algunos se fueron. El Rucio fue el primero. Se escapó una noche por la reja del fondo y nunca más supimos de él. Después se fue el Crespo, y después el Mati, y después los mellizos que habían llegado juntos de Talca y que Don Hernán usaba como una especie de espectáculo simétrico que lo hacía llorar de emoción. Se fueron porque podían. Porque no eran los favoritos. Porque el favorito no se puede ir. El favorito es la última venda del sepulcro, la que sostiene todo, y si se la sacas el muerto se desarma.
Yo me quedé.
La última noche fue en noviembre. Hacía calor otra vez. Otro febrero anticipado, otra ironía climática, como si el mundo estuviera haciendo un loop para recordarme que todo empieza y termina igual: con calor y con hambre.
Quedábamos tres. Yo, el Néstor —que tenía un problema en la cadera y cojeaba y eso a Don Hernán le parecía "bellísimo", porque a esa altura el viejo encontraba belleza en cualquier desperfecto como si fuera un anticuario del sufrimiento— y el Pipe, que era colombiano y callado y que miraba todo con unos ojos enormes que parecían estar filmando.
Don Hernán tocó la campana a las once de la noche. Fuimos a la capilla. Estaba desnudo. Completamente desnudo, de pie en el centro de la cama redonda, con el cuerpo blanco y flácido iluminado por las velas que había puesto en cada esquina —velas, ahora eran velas, habíamos pasado de la luz eléctrica a la luz de las velas como quien retrocede en la evolución—. Tenía la copa de cristal en la mano, pero estaba vacía. Y las máscaras ya no estaban en la pared. Estaban en la cama, acostadas boca arriba, como quince caras esperando ser llenadas.
"Esta noche vamos a resucitar de verdad", dijo.
Y sacó un cuchillo.
No uno de cocina. No un cortaplumas. Un cuchillo largo, curvo, como de carnicero, que brillaba con la luz de las velas como si estuviera hecho de algo más que metal. Y yo pensé: aquí es. Aquí es donde la historia deja de ser rara y empieza a ser otra cosa. Y pensé también, al mismo tiempo, con esa parte del cerebro que funciona cuando todo lo demás se apaga: tengo hambre. Qué cosa, ¿no? Que el último pensamiento lúcido de tu vida sea que no cenaste.
Don Hernán cortó. Primero se cortó él. En el pecho, un tajo largo que le abrió la piel como una cremallera y que sangró mucho, mucho, la sangre cayéndole por el vientre hasta el pubis, hasta los muslos, hasta la sábana blanca que se iba tiñendo como un mapa. Y después vino hacia mí.
"Ondina", me dijo. "Mi Ondina. Mi prueba."
Y yo no corrí.
¿Por qué no corrí?
Porque los favoritos no corren. Porque el hambre tiene muy mala memoria. Porque una parte de mí, la parte rota, la parte que se rompió antes de Don Hernán y que Don Hernán solo usó como los demás habían usado todo lo demás, esa parte quería saber qué se sentía. Ser abierto. Como él se abría cada noche. Como una fruta. Como un sepulcro. Como un cuerpo que por fin dice la verdad.
Cortó.
Y dolió como resucitar.
[El cuaderno presenta aquí varias páginas manchadas de una sustancia oscura, seguidas de una última entrada escrita con letra diferente, más grande e irregular.]
Está amaneciendo. El Pipe se fue a buscar ayuda pero la parcela queda lejos de todo y no sé si va a llegar a tiempo. Néstor está dormido o desmayado junto a mí, no distingo. Don Hernán está sentado en una esquina de la capilla, desnudo, cubierto de sangre —la suya, la mía, ya no sé—, meciéndose y cantando algo que parece un himno. Jesús nos mira desde la pared con sus ojos de cordero.
Me estoy yendo. Lo siento como quien siente que se le vacía una bañera: el agua bajando, el cuerpo quedándose cada vez más expuesto, más frío, más verdadero. Así que le hablo a este cuaderno como se le habla a alguien en la oscuridad, sin saber si hay alguien del otro lado.
Tengo veintidós años. Tengo una infección urinaria que ya no importa. Tuve una cara bonita que un viejo confundió con Dios, y ahora tengo un tajo en el abdomen que no para de sangrar y que se parece, si lo miro de costado, a una boca. Una boca abierta. Como todas las bocas de esta historia: abiertas, hambrientas, buscando algo que meter adentro o algo que decir.
No me dio tiempo de tener un guión. Ni colegio de curas, ni MBA, ni casa con ocho baños. Mi vida entera fue el reverso del manual: no estudié, no trabajé de verdad, no me reproduje, y lo de morir parece que sí me va a tocar, así que al menos una de cuatro.
Afuera los pájaros están empezando a cantar, que es la cosa más obscena que puede pasar mientras uno se muere: que el mundo siga, que a la naturaleza le importe un carajo tu drama, que haya pájaros.
Tengo hambre.
Todavía tengo hambre.