El hueco
Mira, te lo voy a contar pero no me interrumpas, que ya sé cómo te pones.
Yo me levanto todos los días a las seis de la mañana, seis de la mañana, ¿cachái?, como un milico, como un pastor evangélico, como un animal de matadero que ya aprendió la ruta desde el corral hasta el gancho. Me levanto y lo primero que hago es mirarme. No al espejo: al cuerpo. Porque el espejo es para los que tienen dudas. Yo no tengo dudas. Yo tengo dorsales, tengo trapecios, tengo ese surco que baja por el abdomen como una flecha que dice por aquí, cariño, por aquí se va al infierno. Me toco y es como tocar algo que no es mío, algo que fabriqué, que armé a pulso en ese gimnasio que huele a cloro y a testosterona rancia y a todas las mentiras que los hombres se cuentan mientras hacen sentadillas. Voy todos los días. Todos. Porque el cuerpo, Nicolás, el cuerpo es lo único que no te puede traicionar si le metes suficiente disciplina. El cuerpo es honesto. Le metes proteína, le metes hierro, le metes dolor, y él responde. No como las personas. No como la psicología, que estudio hace cuatro años y lo único que me ha enseñado es que todo el mundo está enfermo y que nadie se va a curar.
Cuatro años, Nicolás. Cuatro años leyendo a Freud, que era un cocainómano obsesionado con su mamá. Cuatro años leyendo a Lacan, que escribía como si le pagaran por palabra incomprensible. Cuatro años para que ahora me pongan a hacer práctica en un CESFAM donde una señora de sesenta años me cuenta que el marido le pega y yo tengo que poner cara de que me importa, cara de empatía, cara de "la escucho, señora Gladys", mientras por dentro lo único que pienso es que hace tres días me tiré a un tipo en un departamento de Ñuñoa que tenía un póster de Kahlo y un gato que nos miraba desde la cómoda con esa indiferencia budista que solo tienen los gatos y los psicópatas.
Pero el gym, Nicolás. El gym. Eso sí es terapia. Eso sí es iglesia. Yo entro y me transformo. Me pongo los audífonos, me pongo el tank top que me queda apretado acá —mira, toca— y me vuelvo otra cosa. Una máquina. Una máquina que suda y que gime y que se mira en los espejos del fondo y se gusta, se gusta mucho, se gusta con esa obscenidad tranquila de quien sabe que su cuerpo es un argumento. ¿Tú creí que voy a las marchas por convicción? ¿Tú creí que me importa la agenda, el discurso, la banderita de colores? Nicolás, por favor. Yo voy a las marchas porque en las marchas se mira. Se mira y se es mirado. Yo camino por la Alameda con el pecho inflado y la camiseta mojada y soy, por un rato, exactamente lo que quiero ser: visible. No un maricón con libreta clínica. No un practicante de mierda en un box que huele a Povidona. Visible. Como un letrero de neón. Como una herida abierta que brilla.
¿Que de qué es la marcha? No sé. Algo del medioambiente. Algo de los derechos. Algo de algo. Me da lo mismo. Yo marcho por mí. Yo marcho por estos brazos, por esta espalda, por este culo que construí sentadilla a sentadilla como quien levanta una catedral con las manos. Santa María del Glúteo Mayor, ruega por nosotros.
No te riái.
Ahora escúchame bien porque lo que te voy a contar no se lo he contado a nadie, y si te lo cuento es porque estamos en este departamento de mierda, con este vino de mierda, y porque ayer pasó algo que necesito decir en voz alta para saber si estoy loco o si estoy simplemente siendo honesto, que en este país son casi la misma cosa.
Conocí a un tipo. Por app, obvio, ¿por dónde más? Por la calle ya nadie se conoce, por la calle la gente camina mirando el suelo como si le debieran plata al pavimento. Lo conocí por app, nos escribimos las cochinadas de rigor —que me gusta esto, que me gusta lo otro, que soy versátil, que soy así— y quedamos en su departamento, que estaba en Providencia, uno de esos edificios nuevos que por fuera parecen clínica dental y por dentro huelen a pintura fresca y a soledad de treintañero con buen sueldo.
Llegué. Estaba bien. Flaco, alto, medio desgarbado, con esa cara de ingeniero que no ha dormido en tres días pero que en la penumbra correcta, con la cantidad correcta de alcohol, podría pasar por interesante. Y empezamos.
Y acá es donde necesito que no me juzgues, Nicolás. Necesito que te acuerdes de que estudias psicología igual que yo y que la palabra perversión es solo una categoría clínica, no un juicio moral. ¿Ya? ¿Estamos? Tómate el vino.
Empezamos y todo bien, todo dentro del rango de lo esperable, del protocolo sodomita estándar, si querís ponerle un nombre clínico. Pero en algún momento, Nicolás, en algún momento algo cambió. No sé si fue el ángulo, o la luz, o que llevaba tres días sin dormir y el cuerpo hace cosas raras cuando no duerme, el cuerpo empieza a pensar por su cuenta, empieza a querer cosas que la cabeza no autorizó —y perdona el chiste involuntario, ya vas a entender—. En algún momento lo miré desde arriba, lo miré ahí, abierto, entregado, y pensé: no es suficiente.
No es suficiente.
Eso pensé. Exactamente eso.
No era suficiente estar adentro. Quería estar más adentro. No más profundo, no más fuerte —eso es pornografía, eso es mecánica, eso es solo física aplicada al sudor—. No. Yo quería desaparecer adentro. ¿Me entendí? Quería que mi cuerpo, este cuerpo que fabrico todos los días a las seis de la mañana, encontrara por fin un lugar donde cupiese completo. Un lugar tibio y oscuro y húmedo y palpitante. Un lugar que fuera lo contrario de estar visible. Lo contrario de la marcha, lo contrario del espejo, lo contrario del gym. Un lugar donde no hubiera que ser.
Y entonces lo pensé, Nicolás. Lo pensé con toda la claridad de un delirio. Pensé: la cabeza. Meter la cabeza. Primero la cabeza.
No, no te parí. Siéntate. Tómate el vino. Escúchame.
Lo imaginé. Lo imaginé con el detalle con que uno imagina las cosas que realmente quiere: con precisión quirúrgica. La frente primero, empujando, abriéndose paso —y el cuerpo del otro cediendo, porque el cuerpo humano es una cosa elástica, Nicolás, una cosa que se estira y se acomoda y tiene una capacidad de recibir que ningún manual de anatomía te dice—. La frente, después las sienes, después las orejas plegándose como las de un perro mojado, después los ojos cerrándose contra esa oscuridad nueva, esa oscuridad que no es la del párpado sino la de otro cuerpo, que es la oscuridad más antigua del mundo, la oscuridad de antes de nacer. Y yo empujando. Y el otro abriéndose. Y la presión. Y el calor. Y ese sonido —porque tendría que haber un sonido, ¿no?, un sonido viscoso, un sonido de cosa orgánica que se acomoda, como cuando metes la mano en un guante de goma mojado pero multiplicado por mil, un sonido que sería al mismo tiempo lo más repulsivo y lo más íntimo que un ser humano puede producir—. Los hombros después. El pecho. Las costillas comprimiéndose. Todo yo entrando. Todo yo desapareciendo.
Nacer al revés, Nicolás. Eso es lo que quería. Nacer al revés. Entrar en vez de salir. Meterme en el intestino de un hombre como quien vuelve al útero equivocado, al útero sucio, al útero que no te van a perdonar. La caverna de Platón pero con peristaltismo. El retorno a lo Real pero lacaniano de verdad, no esa huevada que ponen en los papers.
¿Me estái escuchando o te estái poniendo verde?
Te estái poniendo verde.
Mira, Nicolás, yo sé lo que estái pensando. Estái pensando "este huevón está loco", estái pensando "este huevón necesita terapia de la de verdad, no de la del CESFAM". Y puede ser. Probablemente. Pero dime una cosa: ¿cuál es la diferencia entre una fantasía y un diagnóstico? ¿El contexto? ¿Quién la escucha? Porque si yo escribo esto en un cuento es literatura, si se lo digo a un terapeuta es material clínico, y si te lo digo a ti un sábado a las dos de la mañana con un caja de vino es simplemente la verdad. Y la verdad, Nicolás, la verdad es que todos queremos meternos dentro de algo. Todos. Los heteros se meten en sus mujeres y las llaman "mi vida". Los católicos se meten en su Dios y le llaman comunión. Los capitalistas se meten en sus cuentas corrientes. Yo simplemente soy más literal.
No, no te parí.
Nicolás.
Oye.
¿Estái bien?
... Ya, respira. Respira. Fue solo una historia. Es solo mi cabeza. Mi cabeza que piensa estas cosas porque no puede dejar de pensar, porque estudia psicología y va al gym y va a marchas de cosas que no entiende y se tira tipos por app y nada, nada de eso lo llena, ¿cachái?, nada de eso alcanza, nada de eso es suficiente, y entonces la mente se desborda, la mente empieza a inventar agujeros donde meterse completa—
Ya. Ya. Ven. Siéntate. Mírame. Estái pálido. Estái temblando. ¿Querí vomitar? No vomití, no vomití acá, que la alfombra es de mi vieja.
Respira.
Mira, ven. Acércate. Te voy a dar un beso en la frente y se te va a pasar. Eso hacía mi mamá. Un beso en la frente y se pasa todo. ¿Ya? ¿Mejor? ¿No?
Entonces te voy a dar confort de otra manera.
No te movái.
Y Nicolás no se movió. Se quedó quieto como se quedan quietas las personas que ya no saben si lo que está pasando es real o es parte de la historia, si el cuento terminó o si recién está empezando, si el beso en la frente fue el cierre o fue la puerta. Se quedó quieto y yo me arrodillé y le di confort con la boca, con la única parte de mi cuerpo que sabe hacer dos cosas al mismo tiempo: hablar y devorar. Y él se dejó. Porque estaba asustado. Porque el asco y la excitación son primos hermanos, Nicolás, vecinos de piso, comparten pared y a veces, a las dos de la mañana, con suficiente vino, se confunden y tocan la puerta equivocada.
Y mientras yo estaba ahí abajo pensé, con la boca llena y los ojos cerrados: esto tampoco es suficiente. Esto tampoco. Pero es lo que hay.
Siempre es lo que hay.
Me levanté. Me limpié la boca con el dorso de la mano. Él miraba el techo. Yo miré el reloj: las tres y media. Mañana a las seis me suena la alarma. Mañana a las seis me levanto y me miro y me toco los dorsales y digo: sí, esto soy, esto construí, esto es mío. Y voy al gym y sudo y gimo y me miro en el espejo del fondo y me gusto.
Y eso, Nicolás, eso es todo.
El hueco sigue ahí.