El hueco
Seis de la mañana. Me levanto. Me toco antes de mirarme. Sí, porque el espejo es para los que tienen dudas. Yo no tengo dudas, tengo este surco. Una flecha en mi abdomen que dice: por aquí cariño, por aquí se va al infierno.
Fabriqué esto a pulso de gym, rodeado de ese olor a hombre que no se va con la ducha. Le meto carne, le meto dolor, y mi cuerpo responde. No como las personas. No como la psicología, que estudio hace cuatro años, y lo único que me enseñó es que estoy loco. Como todos.
Cuatro años, para que me pongan en un CESFAM con Gladys. Así se llamaba, creo. Esa señora que me cuenta que su marido le pega. ¿Y yo? Pongo cara de que me importa. Asiento. Anoto. Obvio, me pagan por eso.
El gym es otra cosa. Ahí entro y los demás se corren. Saben quién llegó. Audífonos, tank top, shorts apretados, y me vuelvo una máquina que suda. Me multiplico en los espejos y me contemplo obscenamente, como quien sabe que su cuerpo es un argumento.
Miro alrededor y es un desfile de derrotas. Los miro y pienso: feos. Feos en serio. Feos de nacimiento y de elección. Feos con membresía. Y pienso también, que si yo no estuviera acá, este lugar se desploma. Ellos no vienen al gym, vienen a verme, a darle un poco de sentido a sus patéticas vidas.
¿Las marchas? Por favor... Marcho porque en las marchas se mira y se es mirado. Camino por la Alameda con el pecho inflado, la camiseta mojada, y el bulto marcado. Y soy, por un rato, exactamente lo que quiero ser. No un maricón cualquiera. No un practicante de mierda en un box que huele a muerte. Soy visible, como una herida abierta que brilla.
¿De qué es la marcha? No sé. Algo. Me da lo mismo. Yo marcho por mí. Por estos brazos, por estas piernas, por este culo que construí sentadilla a sentadilla. Y por esto otro también. Lo que camina entre mis piernas. El otro pasajero, así lo llamo.
Al random lo conocí por la app. Me abrió la puerta en boxers y sin polera. Departamento en Providencia, de esos centrales, de los que por fuera inspiran pulcritud, y que por dentro son ninfomanía.
Me ofreció una piscola. Me senté en una silla al otro lado de la mesa del comedor. Él frente a mí, nervioso, hablando cosas que no recuerdo. Yo no hablé. Me paré. Me bajé los boxers y lo puse sobre la mesa. Ahí. Pesado. Silencioso. Como algo que no se discute.
Él se quedó mirando. Abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla. Dijo ah o algo así. Después se rió, pero la risa le salió rara. Yo no me reí, solo esperé. Le miré la cara —los ojos un poco húmedos, esa cosa de perro que piden los que llevan meses sin que nadie los toque— y pensé, que esto era lo mejor que le iba a pasar en años.
Me terminé la piscola. Me lo sacudí despacio, mirándolo. Volví a guardármelo. Caminé hasta el dormitorio sin decir nada, y obvio que él me siguió.
Empezamos rápido. Él boca abajo, las manos agarrando la sábana, pidiéndome más, más fuerte. Yo encima, sudado ya, con ese olor mío —de gym, de que yo me amo— goteándole en la espalda. Estaba rico. Toma perra, le dije en algún momento, bajito, más para mí que para él. Y gimió como si le hubieran dado una medalla. Le agarré el pelo. Tiré. Y él ahí, abierto, entregado. Tenía esa cosa que tienen los que reciben mi gracia. Una calidad casi reverente, como si me estuvieran agradeciendo el castigo.
Y en algún momento, lo miré desde arriba. Ahí, roto en la mitad por mí, y pensé:
No es suficiente.
No era suficiente estar adentro. Quería estar más adentro. No más profundo, no más fuerte. Quería desaparecer adentro. Un hueco tibio, oscuro y palpitante. Lo contrario de la marcha. Lo contrario del espejo. Lo contrario de mi pico sobre la mesa. Un lugar donde no hubiera que ser.
La cabeza. Meter la cabeza. Primero la cabeza.
Lo hice.
Me salí, me agaché y empujé con la frente. Él tenía la cara aplastada contra la almohada y no vio lo que venía. El cuerpo humano es una cosa elástica, con una capacidad de recibir y moldearse que nadie te confiesa. La frente entró. Las sienes. Las orejas plegándose. Los ojos cerrándose contra esa oscuridad que no es la del párpado, sino la de otro cuerpo. La oscuridad más antigua del mundo, la de antes de nacer.
Y yo empujando. Y el otro abriéndose. La presión. El calor. Un sonido viscoso, como cuando metes la mano en un condón usado. Nacer al revés. Entrar en vez de salir. Entrar en el intestino de un desconocido, como quien vuelve al útero equivocado.
Adentro hacía calor. No como el calor del gym. Calor de cosa viva. Y olor. Porque claro que había olor, un olor para el que no hay palabras. Hay que vivirlo, hay que tragárselo primero. Un abrazo que palpitaba en todas direcciones. Un placer como si mi cuerpo entero estuviera por correrse por los poros.
Pero algo andaba mal. Me asfixiaba. ¡Yo no muero así! No yo. No me pudro acá adentro, atrapado en este saco de mierda prestado, en este hueco de un cualquiera al que mañana no voy a recordar.
Y entonces algo me subió.
El cuerpo. Mi sabio cuerpo. El único mío, el que no me traiciona. Dijo no. Lo dijo con una arcada que me vino desde los pies. Con todo el dolor y la disciplina acumulada. Mi cuerpo supo dónde estaba antes de que yo supiera, y eligió defenderse. Como un animal.
Vomité dentro de él. Todo. La proteína de la mañana, la bilis, los cuatro años de psicología, la señora Gladys, las marchas, todo. Vomité hasta que la contracción de mi estómago fue más fuerte que mi voluntad de seguir entrando, y el cuerpo del otro —no sé cómo— me escupió.
Salí victorioso. Cubierto de bálsamo, brillando como un recién nacido de la peor pesadilla de su madre, pero entero. Algo en mí era sagrado. Este cuerpo. Mi cuerpo, me salvó.
Él no se movía. Boca abajo, respirando raro, pero respirando. No lo seguí mirando. Junté mi ropa y me vestí en el ascensor. Caminé a casa como un hombre nuevo.
¡Hoy es día de marcha!
Seis de la mañana. Me levanto. Me toco antes de mirarme.
El hueco sigue ahí.