El Lunares
A Lunares lo conocí en una fila del Registro Civil, que es donde uno conoce a la peor gente posible, porque estamos todos ahí contra nuestra voluntad y con el alma podrida. Él estaba detrás de mí, respirándome la nuca con un aliento que olía a cloaca y a decisiones equivocadas. Me dijo, sin que nadie le preguntara: "Yo sudo frío". Así, como quien dice buen día. Yo sudo frío. ¿Y qué quería que hiciera yo con esa información? ¿Felicitarlo? ¿Llamar a un médico? Lo miré espantado, pero no parecía afectarle.
Lunares tenía el cuerpo armado con amor: las piernas cortas, el torso largo, los brazos de una extensión que no correspondía a nada humano. Parecía un dibujo que un niño abandona a medio hacer porque se aburre. Y los lunares, claro. Lunares por todas partes. En la cara, en el cuello, en los antebrazos. Él los exhibía como si fueran condecoraciones. Me dijo esa misma tarde, todavía en la fila: "Cada lunar es un beso que me dio Dios". Ciento y tantos besos. Dios muy cariñoso con él, al parecer. Muy selectivo en sus afectos, el Señor.
El problema fue que le di mi número. ¿Por qué? Porque soy idiota, y porque dijo que tenía un contacto para arreglar la pantalla del teléfono barato, y yo andaba con la pantalla partida como mapa de terremoto. Esa fue mi perdición. Porque esa noche, a las once, cuando una persona decente está mirando el techo pensando en sus fracasos, me llegó el primer audio.
"¿Te conté de mi lunar nuevo?"
Así empezó.
El audio duraba cuarenta segundos. Cuarenta segundos de Lunares describiendo un lunar que le había salido en el ombligo. Con detalle clínico. Que si era abultado, que si tenía relieve, que si cambiaba de textura con la temperatura. Yo lo escuché entero porque a veces el horror te paraliza, igual que una cobra. Le respondí con un emoji de pulgar arriba, que es el gesto más vacío del alfabeto emocional, y creí que con eso moría el asunto.
No murió el asunto.
Al día siguiente: "¿Te conté de mi lunar nuevo?". Otro lunar. Este en la axila izquierda. Audio de cincuenta y dos segundos. Al otro día: "¿Te conté de mi lunar nuevo?". Ahora uno en la corva de la rodilla. Sesenta segundos. Una escalada armamentista de lunares. Cada día un lunar nuevo, en una zona del cuerpo más improbable que la anterior. Yo empecé a sospechar que se los dibujaba. Que tenía un marcador y una imaginación enferma y mucho tiempo libre, que es la combinación más peligrosa que existe.
A la semana le dije, oye, Lunares, basta con los lunares, a nadie le importan tus lunares. Y él, ofendido, me mandó una foto. Del lunar. Del de la axila. De cerca. Tan de cerca que parecía un planeta visto desde un satélite. Un planeta marrón, con pelitos orbitando. Yo casi vomito, pero no del asco, sino de la admiración involuntaria: había que tener un descaro monumental para mandarle eso a alguien.
"¿Te conté de mi lunar nuevo?"
Ya no le contestaba. Dejé de abrir los audios. Los veía acumularse como tumores en la pantalla rota. Cambié la foto de perfil pensando que eso comunicaba algo, no sé qué, una metamorfosis interior que lo espantara. Nada. Lunares seguía mandando. Me contó de un lunar en la planta del pie, que según él "latía". Me contó de uno en el párpado que le causaba un tic que "las mujeres encontraban misterioso". Me contó de uno en el lóbulo de la oreja que, cito textual, "me hace ver europeo". ¿Europeo de dónde? ¿De qué Europa estamos hablando? ¿De la Europa donde la gente tiene lunares con pedigrí?
Lo bloqueé. Obviamente lo bloqueé. Y por tres días hubo paz. Un silencio que sabía a gloria, a aire limpio, a vida antes de la fila del Registro Civil.
Al cuarto día salí al almacén de la esquina a comprar pan. Eran las siete de la mañana, todavía estaba oscuro, y hacía ese frío húmedo que te entra por los huesos como una opinión que no pediste. Caminé media cuadra y sentí algo raro. Un cosquilleo en la nuca. Esa sensación de que alguien te está mirando, pero desde adentro del aire. Me di vuelta y no había nadie. Seguí caminando. El cosquilleo otra vez. Me di vuelta: nada. Pero olía. Olía a cloaca.
Llegué al almacén. La señora me pasó el pan, le pagué, salí. Y ahí, bajo el poste de luz, vi algo en el suelo. Un lunar. Un lunar enorme, dibujado con spray negro en la vereda. Perfecto, redondo, del porte de un plato. Me quedé mirándolo como si fuera un cráter. Caminé un poco más. Otro lunar. Y otro. Y otro. Un camino de lunares pintados en el pavimento, como migajas de pan de una fábula retorcida, que iban desde el almacén hasta la puerta de mi casa.
Sentí el teléfono vibrar en el bolsillo. Lo saqué. Un número desconocido. Un audio.
"¿Te conté de mi lunar nuevo?"
Esta vez no describía ningún lunar del cuerpo. Esta vez decía que el lunar era yo. Que yo era el lunar nuevo. Que le había salido en la vida como le salían en la piel: sin permiso, sin explicación, y que ya no se iba a ir. Que los lunares no se van. Que los lunares son para siempre.