El pastor
Yo no los busqué. A mí me aparecieron. Como aparece la carne cuando tienes hambre: la hueles antes de verla.
Un martes. LinkedIn. "Why US Companies Are Hiring Latin American Developers." Lo leí con las manos húmedas y algo moviéndose en el estómago. Lo leí tres veces. A la tercera estaba salivando.
Pagaba ciento cuarenta la hora por un frontend de Portland que sudaba en cámara como cerdo en gancho y no sabía centrar un div. Ciento cuarenta dólares por un tipo con acné en el cuello que respiraba por la boca y tenía opiniones sobre arquitectura de software. Ciento cuarenta. ¿Sabes lo que compras con ciento cuarenta dólares al sur del Río Grande? Un hombre entero. Completo. Sellado al vacío. Con sus diez dedos y sus dos ojos húmedos diciéndote yes, sure, no problem con esa boca que parece hecha para decir que sí.
Le ofrecí veinte la hora. Sebastián. Bogotá. Dijo que sí antes de que yo cerrara la boca. Así. Sin masticar. Se lo tragó entero. ¿Sabes cómo se siente? Se siente como tiene que sentirse ser Dios cuando alguien se arrodilla y de verdad, de verdad, cree.
And they stay.
Mi cuerpo es un sistema. Ciento ochenta libras, doce por ciento de grasa, cold plunge a las cinco, proteína al gramo. Venas en los antebrazos como cuerdas. Tendones que se marcan cuando aprieto. Piel que brilla. Mandíbula que corta. A los cincuenta y tres estoy en el punto exacto en que un hombre se ve mejor que a los cuarenta porque ahora tiene la cara de alguien que ha tomado decisiones difíciles. A los cincuenta y tres soy lo que mis empleados van a querer ser si trabajan duro y tienen suerte y nacen en el país correcto. Que no nacieron.
El sistema de contratación:
Colombianos: 0.35. Obedientes. Dulces. Agradecidos como perros que sacaste de la calle. Te miran con esos ojos — esos ojos grandes, mojados — y se te hincha algo en el pecho que no es compasión. Es otra cosa. Es lo que siente el dueño del perro.
Argentinos: 0.30. Desesperados. Con el peso hecho mierda veinte dólares son una fortuna. Brillantes, eso sí. Pero se creen europeos. Un argentino te mira en un call y piensa que debería estar en tu silla. Y me dan ganas de agarrarlo de la nuca y romperle la cara contra la pantalla y preguntarle: ¿ves el numerito de tu cuenta bancaria? ¿Ves? ¿Quién está en la silla de quién?
Mexicanos: 0.30. No preguntan. Arrancan a las siete de la mañana hora Guadalajara cuando deberían estar durmiendo y no dicen nada. Les podrías pagar en tortillas y dirían gracias. Hay una belleza en eso. Muda. De bestia de carga.
Chilenos: 0.40. Un poco más. Porque son orgullosos. Los más orgullosos. Si les pagas lo mismo que al colombiano hacen ruido, investigan, se ponen difíciles, se sienten dignos. Qué ternura. Hay que darles el extra para que se crean especiales. Y funciona. Siempre. Es como ponerle una medallita a un niño que no ganó nada.
LinkedIn. Todas las noches. A oscuras. En la cama. Con la sábana hasta la cintura y la pantalla azul.
Es lo último que hago antes de dormir. Lo último. Después de los dientes, después de la creatina, después de todo. Esto. Uno por uno. Despacio. I like to see them when they don't know I'm looking. No es raro. Es cuidado.
Sebastián: misma foto, esa camisa celeste que le tira en los hombros como si le quedara de una vida anterior en la que comía mejor. No cambió nada. Bien. Paso el pulgar por la pantalla. Siguiente.
Mariana: misma trenza, mismos aretes, ese escote que se le forma entre las clavículas cuando se inclina hacia la cámara. No cambió nada. Bien. Siguiente.
Tomás: la barba de tres días. Los ojos oscuros. La camisa negra. Ese triángulo de piel debajo del cuello donde se ve el hueso y la sombra del hueso. Me quedo. No paso. Me quedo en esa foto como quien pone el dedo sobre algo caliente y no lo retira. Un rato. Otro rato. La pantalla se oscurece por inactividad y la toco para que vuelva. No por nada. Porque sí. Porque al que no intenta nada no puedes culparlo de lo que te provoca.
Y respiro hondo. Y el cuerpo se suelta. Y duermo. Profundo. Húmedo.
Después vinieron los Google Alerts. Veintitrés nombres completos. Cada mañana a las cinco quince, mojado del cold plunge, las revisaba. Nada. Bien. Después los repos de GitHub — un developer con side projects es una maleta debajo de la cama. Después los keyloggers. Monitoring productivity. Pero también ves los searches: "am I being underpaid", "developer salaries USA vs latam." Y sientes algo que se aprieta entre las costillas como un puño cerrándose.
Pero no se iban.
Después los perfiles falsos de recruiters. Rachel, Mike, Jennifer. Les mandé ofertas a los veintitrés.
Diecisiete no abrieron el mensaje.
Esa noche me acosté y sentí algo que no voy a describir y que no tiene nada que ver con lo que estás pensando. Diecisiete que ni miraron. Diecisiete que no tocaron la notificación. Diecisiete cuerpos que se quedaron quietos. Acostado, con la respiración corta, con los dedos todavía en la pantalla, con la lista de los diecisiete nombres brillando en azul — sentí un calor que me subió desde abajo, desde el fondo de la pelvis, lento, denso, hasta la garganta, y se quedó ahí pulsando como un segundo corazón que me latía en alguna parte. Es lealtad lo que sentí. Fidelidad. Lo que siente un pastor cuando cuenta las ovejas y no falta ninguna. Nada más.
Seis respondieron. A cuatro los corté de inmediato. Si miraste, ya no sos mío. Carne que giró la cabeza hacia otro plato. Al quinto lo retuve tres meses para verle la cara en los dailys. Cada semana le veía algo nuevo: una cana, un surco en la frente, las encías retrayéndose de los dientes milímetro a milímetro como si la boca quisiera escupirlos, la piel de debajo de los ojos oscureciéndose hasta quedar morada, fina, transparente, con las venas marcadas como un mapa de algo que se está muriendo. Lo solté en diciembre. Justo antes de Navidad. Le mandé el mensaje de despido y me pesé. Había bajado medio kilo. Me sentí limpio.
Valentina. UX. Monterrey. Catorce meses. De las que siempre prendía la cámara, aretes enormes, voz con una rugosidad que te raspaba algo adentro.
Embarazada.
Me lo dijo sonriendo. Sonriendo. Como si una cosa instalándosele en el útero y chupándole los nutrientes y deformándole la pelvis durante nueve meses y después rompiéndole la vagina para salir fuera compatible con responderme un Slack en treinta segundos. Treinta. A las once de la noche. Un domingo. ¿Tú crees que eso pasa con una larva colgada de la teta?
She knew the deal. Contractor. Sin licencia. Firmó lo que firmó. Le di dos semanas. Le dije: "Go, be a mom. That's the most important job in the world." Y lo dije con la cara correcta. Con la voz correcta. Pero por dentro algo me masticaba. Alguien más iba a necesitar su cuerpo. Su tiempo. Sus treinta segundos. Todo lo que era mío ahora iba a ser de una cosa sin nombre que ni siquiera sabía hablar.
Unless the baby codes, right?
Me reí solo esa noche. Me reí hasta que me dolió el abdomen. Los abdominales me dolieron. Los mismos abdominales que ella nunca va a recuperar.
Diego. Colombiano. Full-stack. Año y medio. Nunca se quejó. Nunca pidió nada. Nunca actualizó LinkedIn. El órgano perfecto: no lo ves, no piensas en él, no lo agradeces. Hasta que se pudre.
Cámara apagada. Mala conexión, decía. Los keyloggers decían otra cosa. Una mañana la prendió por error y vi la cara nueva: los pómulos empujando la piel desde adentro como si quisieran salir, el cuello reducido a un tallo, los ojos hundidos en dos cuencas grises con una película amarillenta encima, y en las comisuras de la boca unas costras blancas, secas, que se le quebraban cuando hablaba y dejaban ver la carne viva de abajo, rosa, brillante, como la carne de un animal recién pelado. La piel del resto de la cara tenía una textura de rallador: granulosa, llena de puntos, como si debajo le estuvieran creciendo cosas con intención propia.
El keylogger: "infección bacteriana sistémica tratamiento Medellín." Después: "fiebre alta en niños qué hacer urgente." Después: "antibióticos sin receta baratos." Después: "tiempo de espera hospital público." Los tenía a los tres. A él, a la mujer, al hijo. La infección adentro de la casa como una mascota que se come a los dueños. Tres cuerpos supurando detrás de una cámara apagada.
Me pidió trescientos dólares. Para antibióticos. Para el hospital del niño. Trescientos dólares. Lo que me cuesta una semana de suplementos. Lo que pago por mi proteína importada de Nueva Zelanda. Lo que vale una sesión con mi dermatóloga para mantener esta piel, esta piel que ves acá — y me toqué la cara cuando me lo pidió, me pasé los dedos por la mejilla sin darme cuenta, como para confirmar que yo seguía intacto mientras él se deshacía.
No. Se abre la grieta, se rompe el dique, se inunda todo de gente pidiéndote cosas con la boca llena de costras. I run a business, not charity.
Lo solté. Le dije: "Focus on your health." En su LinkedIn quedó la foto de cuando estaba sano. Los ojos llenos, la mandíbula, la piel limpia. Un retrato de alguien que ya era abono pegado sobre una tumba con WiFi.
And they stayed. Los que servían.
Tomás.
Santiago. Backend. Dos años sin tocar una coma de LinkedIn. Piedra. Y cada noche su perfil era donde más me demoraba. Los ojos. La barba. La clavícula. Esa seriedad de chileno del sur que habla como si cada palabra le costara un órgano. No sonreía. No intentaba nada. Nada. Y eso justamente era. Lo que no intenta nada no te obliga a justificar lo que te provoca.
Le mandé a Rachel. Sesenta y cinco la hora, benefits, equity. Todo lo que yo no le daba. Como poner un plato de carne fresca delante de un animal para ver si muerde.
No mordió. No abrió. Dos semanas. Nada.
He chose me.... Eso pensé acostado esa noche con su cara en la pantalla. He chose me. Y algo adentro se llenó. Se inflamó. Algo húmedo, caliente, que palpitaba como un órgano nuevo que me hubiera crecido expresamente para esto. Me quedé con la foto un rato largo. Más largo que nunca. Con la sábana hasta la cintura y las luces apagadas y la respiración convertida en algo que no era exactamente respirar.
Renunció un jueves. Slack. Siete palabras: "Hey, I'm putting in my two weeks." Sin thank you. Sin nada. Siete palabras como siete incisiones.
Esa noche su perfil seguía. A las cinco de la mañana: borrado. URL muerta. Google: nada. GitHub: limpio. Cada superficie donde existió su nombre pasada con cloro, como se limpia la escena de algo que no debería haber pasado.
Saqué la dirección del payroll. Providencia. Santiago de Chile. Compré el pasaje en la misma silla. Con los mismos dedos. Sin pensar. Pensar es lo que hace la gente que no sabe lo que quiere.
Santiago huele a smog y a pan dulce y a algo más que no sé nombrar, algo orgánico, como fruta pasada, como cuerpo. Providencia: edificios grises, lobbies con sillones que nadie toca, conserjes que te miran como si les creciera un tumor delante de los ojos y el tumor fueras tú.
Café enfrente de su edificio. Americano. Los chilenos sirven el café en tacitas, como si dar de más les produjera algún tipo de hernia. Tres horas. Cuatro americanos. La silla clavándoseme en la columna. El dolor era bueno. El dolor me mantenía enfocado.
Salió a las once. Polera negra, mochila, la barba. Pero caminaba distinto. Suelto. Blando. Como un cuerpo al que le sacaron el arnés. Las manos en los bolsillos, los hombros caídos, la cabeza suelta. Miraba las vitrinas como alguien que tiene tiempo. Tiempo. Todo ese tiempo que antes estaba dentro de mi sistema.
Lo seguí. Media cuadra. El olor de Santiago se me metía por la boca, por la nariz, se me pegaba a la ropa. Lo vi entrar a un café chico, esquina, plantas. Se sentó al fondo. Laptop. Pantalla. Los ojos entrecerrados, esa concentración que yo conocía de miles de horas de calls. Y de pronto sonrió. Una sonrisa de costado, mínima, privada. Nunca me sonrió así. En dos años. Nunca. Esa sonrisa era algo que existía solo porque yo no estaba.
Entré.
Me senté lo más lejos posible. Le vi la nuca. Las vértebras cervicales marcándose bajo la piel cuando agachaba la cabeza. Los hombros moviéndose despacio con la respiración. Un lunar detrás de la oreja izquierda que no se veía en la foto de LinkedIn y que ahora era lo único que podía mirar.
Llevaba cuarenta minutos cuando algo pasó. No sé qué hizo él — se estiró, bostezó, se pasó la mano por el pelo — algo. Algo que me agarró del estómago y me torció. Se me secó la boca. Se me calentó la cara. Sentí el pulso en las sienes, en las muñecas, en los muslos, en un punto detrás del ombligo que se encendió como una brasa. Las manos me sudaban sobre la taza. Tenía la mandíbula apretada y los labios entreabiertos y una tensión en la garganta como un grito retenido durante dos años que no iba a salir ahora ni nunca pero que estaba ahí, empujando, hinchándome las venas del cuello.
Se levantó. Guardó la laptop.
Giró.
Me vio.
No sé qué cara tenía yo. No puedo verme. Pero sé lo que él vio porque se lo vi en los ojos: vio a un hombre sentado solo con la piel de la cara roja y húmeda y brillante como si tuviera fiebre, con los ojos demasiado abiertos, demasiado fijos, con las pupilas tan dilatadas que no quedaba color alrededor, con la boca entreabierta y el labio inferior hinchado y tembloroso, con una vena cruzándole la frente que él nunca había visto en dos años de calls, con las manos agarradas a la taza como si soltarla fuera caerse, con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido y la camisa pegada al cuerpo por una transpiración que no era del café ni del calor de Santiago ni de nada que tuviera una explicación que se pudiera decir en voz alta.
Tomás retrocedió. Un paso. Involuntario. De animal que ve algo. No miedo todavía — el momento antes del miedo. La fracción de segundo en que el cuerpo entiende antes que la cabeza. Le vi la garganta moverse: tragó. Le vi los dedos apretar la correa de la mochila. Le vi la boca intentar formarse en algo — una pregunta, un nombre, un qué haces acá — pero no salió nada. Solo me miró. Solo me vio. Me vio entero. Me vio como nadie me había visto nunca.
Yo no dije nada. No podía. Tenía la lengua pegada al paladar y la mandíbula trabada y la mirada clavada en él con una fijeza que debió parecerle la cosa más obscena que alguien le había hecho con la ropa puesta.
Se fue. Rápido. La puerta del café se cerró y el aire que desplazó me dio en la cara como una bofetada tibia con olor a pelo y a jabón y a algo debajo del jabón que era piel, que era él, que era lo último que me iba a quedar.
La barista me habló. No la escuché. No podía mover el cuello. Tenía la camisa empapada y las pupilas reventadas y algo todavía pulsando abajo, en la base de la columna, en un lugar del cuerpo que no tiene nombre en el idioma que uso para trabajar. Un latido grueso, lento, que no paraba. Que no iba a parar.
Afuera la cordillera. Blanca. Enorme. Mirando todo con la indiferencia de lo que lleva millones de años y no necesita que nadie se quede.
And they stay. Eso decía yo. And they stay. Todos se van. Valentina se fue. Diego se fue. Tomás se fue. Los que quedan se van a ir. El mundo entero se va.
But I stayed.
Sentado. Con la taza fría y las manos mojadas y algo latiendo donde no se nombra. En Santiago de Chile. A catorce horas de todo lo mío. Mirando la silla vacía. Mirando la puerta. Mojado. Solo. Quedándome.