El quesillo
Mira, te lo voy a contar porque a alguien hay que contárselo y porque si me lo guardo se me va a pudrir adentro igual que todo lo demás, y ya tengo suficiente podredumbre encima como para sumarle otra capa. Así que siéntate, no me juzgues todavía —después me juzgas, después te lavas las manos con cloro, después haces lo que quieras—, pero primero escúchame.
Yo tenía veintiocho años y estaba metido hasta el cogote en un doctorado. No te voy a decir de qué. Algo del área de la salud, algo con papers y batas y comités de ética y esas ceremonias de la inteligencia donde uno firma formularios para que le permitan pensar. Eso. Basta con que sepas que yo sabía de cuerpos. Que había estudiado cuerpos. Que los cuerpos eran mi materia prima, mi objeto de estudio, mi excusa para levantarme a las seis de la mañana y subirme a una micro llena de viejas con bolsas de feria. Yo sabía de cuerpos lo que sabe un relojero de relojes: todo el mecanismo, ninguna hora.
Y no era feo. Quiero dejarlo claro. No era feo pero tampoco era lindo: era interesante, que es la palabra que usan las mujeres cuando no quieren decirte ni que sí ni que no, cuando te dejan flotando en esa zona gris donde uno puede interpretar lo que se le dé la gana. Interesante. O sea: tenía algo. Una mandíbula medio angulosa, unas ojeras profundas que me daban un aire de tipo torturado —que en realidad era sólo insomnio y ansiedad, pero el packaging vende—. Era flaco, medio desgarbado, usaba ropa que no era ni buena ni mala, y me sabía mover en una fiesta con esa soltura falsa del académico que ha leído sobre interacciones sociales pero nunca las ha dominado del todo. ¿Me entiendes? Era el tipo que le cae bien a la gente pero que nadie recuerda al día siguiente. Un fantasma simpático. Un borrón con posgrado.
Pero antes vivía en la capital. Antes tenía un programa serio en una universidad seria y un tutor que me tomaba en serio y una vida que, si la mirabas de lejos, parecía una vida. Y la tiré. La tiré entera, como se tira un plato a la pared, por una mina de veinte años con buen culo.
La Javiera. Veinte años. Estudiaba no sé qué en no sé dónde, una de esas carreras que se pagan solas porque nadie espera que produzcan nada. No era linda. Quiero ser honesto: no era linda. Tenía una cara redonda, medio borrosa, como un retrato al que le echaron agua antes de que secara la tinta. Los ojos chicos, la nariz ancha, una boca que no decía nada especial. Pero el cuerpo, huevón. El cuerpo era otra cosa. El cuerpo era un argumento. El cuerpo era una tesis doctoral en sí mismo: unas tetas gruesas, firmes, que desafiaban la gravedad y el sentido común, y un culo que parecía diseñado por alguien que odiaba a los hombres, porque no podías mirarlo sin sentir que te estaban castigando. Un culo redondo, duro, que se movía con autonomía propia cuando ella caminaba, como si tuviera su propio sistema nervioso, sus propias decisiones, su propia agenda política.
Y era tóxica. Tóxica como el monóxido de carbono: inodora, incolora, letal. Me dejaba, me buscaba, me dejaba, me buscaba. Me mandaba mensajes a las dos de la mañana y después no me contestaba en tres días. Me decía que me quería con la boca y me decía que no existía con los ojos. Me besaba un viernes y el sábado subía fotos con otro. Y yo, el doctorando, el tipo que sabía de cuerpos, el tipo que había leído sobre apego ansioso y dependencia emocional y podía citar a Bowlby de memoria, yo —el imbécil más ilustrado del hemisferio sur— me cambié de ciudad por ella.
Me cambié. De la capital a esta ciudad chica, húmeda, fría, rodeada de volcanes y de nada. Una ciudad donde llovía como si Dios tuviera un problema personal contigo. Una ciudad donde todos se conocían y nadie se aguantaba y las noches duraban el doble y no había nada que hacer salvo tomar y arrepentirse y tomar de nuevo. Encontré un programa de mierda en una universidad de mierda y me inventé una justificación académica que mi tutor nuevo se creyó o fingió creerse, y me vine. Me vine detrás de ella como un perro detrás de un auto, sin saber adónde va el auto, sin saber si el auto sabe que lo estás siguiendo, sin saber si al auto le importa.
¿Entiendes la escala del desastre? Dejé un doctorado bueno por uno mediocre. Dejé una ciudad con millones de personas por una con doscientas mil. Dejé un departamento en Ñuñoa por una pieza en una residencial que olía a humedad y a sopa de sobre. Todo por una mina que me trataba como a un mueble que a veces le resultaba cómodo y a veces le estorbaba.
Pero carreteaba. Eso sí. Carreteaba como si la noche me debiera algo. Carreteaba porque era la única forma de verla, porque en esta ciudad el carrete era el ecosistema natural de la Javiera, el biotopo donde florecía, la temperatura y la humedad exactas que necesitaba para existir. Y yo iba a esas fiestas en departamentos chicos y bares con goteras y quintas de adobe donde alguien ponía un parlante en el patio, y me instalaba en algún rincón estratégico con un vaso de piscola a esperar que ella apareciera. Y cuando aparecía, cuando cruzaba la puerta con esos jeans que parecían pintados y esa polera que le apretaba todo lo que había que apretar, yo sentía una cosa en el pecho que no era amor ni deseo sino algo peor: una necesidad. Una necesidad física, como de oxígeno. Como si mi cuerpo entero fuera un pulmón y ella fuera el aire, y yo llevara semanas sin respirar.
Y ella me veía y a veces se acercaba y a veces no, y cuando se acercaba me hablaba con esa amabilidad tibia y descartable que uno le da a los perros ajenos. Me sonreía con la boca pero no con los ojos, y yo recibía esa sonrisa como si fuera una beca Fulbright. Y después se iba con otro. Siempre se iba con otro. Y yo me quedaba ahí, en la fiesta, en esta ciudad a la que me había mudado por ella, con un trago en la mano y la dignidad en el suelo, pensando que esto era lo que merecía por haberme creído que un doctorado te hacía inteligente.
Y fue carreteando por ella, en esta ciudad chica donde todo queda cerca y todos se conocen y la miseria circula como un virus, que conocí al Brayan.
El Brayan. Con Y, porque hasta su nombre era una falta de ortografía.
Veinte años también, pero veinte años de otra pasta, de otra masa, de otro horno. Veinte años del sector que en esta ciudad llaman "las poblas de arriba" o "las poblas de abajo" o simplemente "las poblas", esos bloques de cemento que el mapa municipal prefiere no mostrar. Flaco, pero flaco mal, flaco de leche con agua y pan con margarina, flaco de hueso visible y piel cetrina, con los dientes chuecos y amarillos como teclas de un piano roto. Usaba gorras planas, buzos de marca trucha, zapatillas de imitación que imitaban mal, y hablaba —oh, cómo hablaba— como si el castellano fuera una pelea callejera y cada palabra fuera un combo.
"Oye, vo soy el weón que estudia, ¿ciaerto? El que sabe weás."
Así me dijo la primera vez. En una fiesta en un departamento cerca de la Alema donde no sé quién lo había invitado, probablemente nadie, probablemente se coló como se cuelan las cucarachas: por las rendijas, por los bordes, por donde la fiesta se descose. Y me habló porque yo estaba solo —porque yo siempre estaba solo, vigilando la puerta, esperando a la Javiera— y él tenía esa cualidad de los marginales auténticos de detectar a los solitarios como un tiburón detecta la sangre.
Y olía.
Olía, huevón. Olía como una declaración de principios. Olía como si el agua le tuviera alergia o él le tuviera miedo, o como si entre su cuerpo y el jabón hubiera un tratado de no agresión que ambas partes respetaban religiosamente. Un olor espeso, orgánico, un olor que tenía capas, como una cebolla podrida: primero te llegaba el sudor, después algo ácido, como vinagre tibio, y debajo de eso una cosa dulzona y fétida que era peor que todo lo anterior porque te hacía pensar en lo que la producía. Su cuerpo era una fábrica, un ecosistema, un bioma autónomo que funcionaba con sus propias reglas, su propia flora, su propia fauna.
El olor. Acuérdate del olor. Porque el olor es importante. El olor es el hilo rojo de esta historia.
Me hice amigo del Brayan. No sé cómo ni por qué, o sí sé: porque él era insistente y yo era cobarde, y esa combinación produce amistades como la humedad produce hongos. Y en esta ciudad chica la humedad sobraba. Se me pegó. Me escribía al WhatsApp con esa ortografía que era un acto terrorista contra la RAE:
"wena compare kmo andai"
"oye wn salgamo oi dia"
"la otra ves la pase filete contigo loko"
Y yo le respondía con puntos, comas y tildes, como el doctorando pretencioso que era, y nos juntábamos a carretear, y cada vez que nos juntábamos yo tenía que hacer un ejercicio de respiración profunda —irónico, considerando que respirar profundo cerca de él era justamente el problema— para tolerar su presencia física. Porque el Brayan era, en todo sentido, una agresión sensorial. Hablaba fuerte, se reía fuerte, escupía al hablar, se rascaba los cocos con naturalidad zoológica, eructaba como si estuviera recitando poesía. Era, en términos técnicos, todo lo que mi doctorado me había enseñado a patologizar.
Pero me servía. Me servía porque en esta ciudad chica todos se conocen y él conocía a todos, y sobre todo conocía los circuitos: sabía dónde era la fiesta antes de que existiera, sabía en qué patio de qué casa se iba a armar la cosa, sabía dónde iba a aparecer la Javiera antes de que la Javiera lo supiera. Era mi GPS del carrete. Mi lazarillo nocturno. Mi can de rastreo. Y cuando llegábamos a alguna parte y yo la veía a ella en una esquina, con su culo imposible y sus tetas de manifiesto, el Brayan me codeaba y me decía:
"Dale po wn, ándate a hablarle, qué tanto weeo."
Y yo le decía que sí, que ya iba, que en un rato, y me tomaba otro trago, y me quedaba ahí, al lado de él y de su olor, paralizado como un animal al que le muestran un espejo. Y después la Javiera se iba con otro, porque siempre se iba con otro, y yo me quedaba con el Brayan, porque siempre me quedaba con el Brayan. Y así la ciudad se me fue achicando hasta que sólo quedaron esas dos cosas: ella que se iba y él que se quedaba. Ella que olía a perfume barato y promesa rota, y él que olía a todo lo demás.
El olor. No lo olvides. El olor.
Pasaron semanas. Meses quizá. Las fiestas se confundían unas con otras como diapositivas de la misma enfermedad. La Javiera me dejó, me buscó, me dejó de nuevo. Me mandó un audio llorando a las cuatro de la mañana y al día siguiente la vi de la mano con un weón que vendía ropa americana en la feria. Yo seguía yendo a clases, seguía leyendo papers en mi pieza húmeda de la residencial, seguía fingiendo que mi vida académica era mi vida real y no el decorado de cartón que era. A veces me acordaba de Santiago, de mi tutor antiguo, de mi departamento en Ñuñoa, y era como acordarse de un sueño que tuvo otra persona.
Y algo empezó a cambiar.
No sé cuándo. No sé cómo. Fue gradual, como esas enfermedades que te diagnostican tarde porque los síntomas se confunden con la vida normal. Empecé a notar cosas del Brayan. Cosas que antes no notaba, o que notaba sólo para despreciarlas. La forma en que se pasaba la lengua por los labios cuando hablaba. Los tendones del cuello, que se le marcaban cuando se reía. Las manos flacas, con los nudillos grandes y las uñas sucias, moviéndose siempre, gesticulando, como si el lenguaje le saliera también por las manos. La cadera angosta. Las clavículas visibles bajo la polera.
Y el olor. El olor que antes me repelía ahora me tiraba. No había cambiado, entiendes. Era el mismo olor: sudor, vinagre, dulzor podrido. Pero algo en mi percepción se había invertido, como cuando miras una ilusión óptica y de pronto el jarrón se convierte en dos caras o la vieja se convierte en joven. El olor seguía siendo el olor, pero ya no era repulsión lo que me producía. Era otra cosa. Una cosa que no tiene nombre en español ni en ningún idioma que yo conozca, una cosa que está en la frontera entre el asco y la fascinación, en ese territorio donde el cuerpo sabe cosas que la mente se niega a saber.
Tal vez fue la ciudad. Tal vez fue la lluvia constante, el encierro, la soledad especial de los lugares chicos donde no puedes desaparecer pero tampoco puedes existir. Tal vez fue la Javiera y sus ciclos de abandono que me fueron pudriendo por dentro hasta que lo podrido se convirtió en mi estado natural y ya no reconocía lo limpio. Tal vez fue que me había venido hasta el fin del mundo detrás de un culo y el culo no me quería y el cuerpo necesita querer algo, aferrarse a algo, y lo que había a mano era el Brayan y su olor y su existencia absoluta, su forma de ser cuerpo sin vergüenza, sin disculpa, sin comité de ética.
¿Te ha pasado? ¿Te ha pasado que algo que te daba asco de pronto te atrae y no puedes explicar cuándo cambiaste? ¿Te ha pasado que una mañana te despiertas y el mundo es el mismo pero tú eres otro, y todo lo que antes era norte ahora es sur, y todo lo que era limpio ahora es sucio y lo sucio es limpio y ya no hay diferencia?
No. Probablemente no te ha pasado. Probablemente eres una persona normal. Probablemente nunca te cambiaste de ciudad por una mina que no te quería.
Yo no soy una persona normal. Yo soy un doctorando en la ciudad equivocada.
Fue un viernes. Llovía, porque en esta ciudad siempre llueve, porque esta ciudad no conoce otro estado del agua. Nos juntamos en su pieza, en una pobla cuyo nombre no voy a decir porque no importa y porque todas se parecen: el mismo block de cemento manchado, la misma escalera con olor a orín, el mismo perro flaco en la puerta que te mira como diciendo yo al menos tengo la dignidad de no haber elegido estar aquí. Su pieza era un cubo de tres por tres con un colchón en el suelo, ropa amontonada en una esquina, un parlante bluetooth barato sonando reggaetón, y un olor —el olor— tan concentrado que era como entrar en una boca.
La Javiera me había dejado en visto. Otra vez. Le había mandado un mensaje largo, sincero, patético —esos mensajes que uno manda sabiendo que son patéticos pero mandándolos igual porque la dignidad ya se fue hace rato y lo único que queda es la necesidad—, y ella ni siquiera me había dejado en visto: no le había llegado. Me había bloqueado. Bloqueado. Como se bloquea una cañería. Como se bloquea un recuerdo. Como se bloquea a alguien que ya no sirve.
Y yo estaba ahí, en la pieza del Brayan, en la pobla, en la ciudad chica a la que me había mudado por ella, sentado en un colchón húmedo, y ya no quedaba nada. No quedaba la Javiera, no quedaba Santiago, no quedaba el doctorado bueno ni el tutor serio ni la vida que parecía una vida. Sólo quedaba el vino en caja y las cervezas y el reggaetón y el Brayan hablando y hablando con esa voz que ya no me chirriaba sino que me mecía, y el olor, el olor, el olor subiendo desde el colchón y desde su cuerpo y desde la ropa amontonada y desde todo, llenándolo todo, reemplazando todo.
"Oye, estai raro wn," me dijo. "¿Qué te pasa?"
Y yo lo miré y no le dije nada. Y él me miró y no me dijo nada. Y hubo un silencio que duró un segundo o una hora, un silencio que tenía el peso de todo lo que yo había abandonado para estar aquí, de la capital y del programa serio y de la vida entera que tiré por una mina que ahora me tenía bloqueado, un silencio que era la distancia exacta entre lo que yo creía ser y lo que estaba a punto de hacer.
El olor. El olor. El olor.
Lo que pasó después lo voy a contar rápido porque si lo cuento lento no lo cuento. Y si no lo cuento me muero. Y si me muero quién va a terminar mi doctorado de mierda en esta universidad de mierda en esta ciudad de mierda a la que me vine por una mina que me tiene bloqueado, dime tú, quién va a presentar la tesis sobre cuerpos cuando mi propio cuerpo es la tesis que nadie me pidió.
Le bajé el buzo.
Así. Sin permiso, sin prólogo, sin marco teórico. Como un animal. Como algo que no tiene doctorado ni lenguaje ni vergüenza ni ciudad de origen. Se lo bajé y él no me detuvo, se quedó quieto, medio confundido, medio borracho, medio algo que no era ni sí ni no sino un tercer estado de la materia que sólo existe en las poblas a las tres de la mañana con lluvia afuera. Y ahí estaba. Su cuerpo. Su piel. Su todo.
Y el olor subió como un maremoto.
Porque abajo —abajo de todo, debajo de la ropa, debajo de la mugre, debajo de las capas arqueológicas de sudor y de días sin ducha— estaba lo otro. Lo que el olor había estado prometiendo todo este tiempo. Lo que mi nariz había estado rastreando como un perro rastrea un cadáver enterrado. Lo que yo había estado buscando sin saber que lo buscaba, lo que la Javiera nunca fue, lo que Santiago nunca fue, lo que el doctorado bueno nunca fue: una pasta blanquecina, grumosa, amontonada bajo el prepucio como queso fresco olvidado en una cocina caliente. Esmegma. Quesillo, como le dicen en la calle. Una fermentación viva, orgánica, absolutamente repugnante y absolutamente magnética. El producto final de semanas de abandono, de agua esquivada, de higiene convertida en concepto abstracto. Un ecosistema en miniatura. Un mundo completo. Un bioma que mi formación me permitía entender a nivel celular pero que mi cuerpo entendía a otro nivel, a un nivel previo al lenguaje, previo a la civilización, previo a todo lo que yo había destruido para llegar hasta aquí.
Y me lo comí.
Me lo comí, huevón. Me lo comí como quien toma comunión en una iglesia sin techo bajo la lluvia. Me lo comí como quien se arrodilla ante algo que no entiende pero que sabe que es más grande que él. Me lo comí con la boca, con la lengua, con los dientes, con todo lo que tenía, que ya no era mucho. Y sabía exactamente como olía: a sudor, a vinagre, a dulzor podrido, a todo lo que me habían enseñado a rechazar, a todo lo que mis años de academia habían construido como muro y que ahora se derrumbaba con la facilidad obscena de las cosas que siempre fueron mentira. Sabía a la ciudad chica y a la lluvia y al colchón húmedo y a la residencial con olor a sopa de sobre y al bloqueo de la Javiera y a Santiago perdiéndose en la distancia como un barco que zarpa sin ti.
El Brayan no dijo nada. Me miró desde arriba con los ojos medio cerrados, medio idos, y puso su mano sucia en mi pelo, y fue la cosa más tierna y más terrible que me han hecho en la vida.
Después vomité. En su baño sin puerta, arrodillado frente a un WC sin tapa, con las arcadas sacudiéndome entero mientras la lluvia golpeaba el techo de zinc, vomité todo: las cervezas, el vino, el quesillo, la Javiera, Santiago, el doctorado bueno, el doctorado malo, los comités de ética, los papers, las fiestas, la residencial, el Uber a Bellavista que ya nunca más iba a tomar, la polera menos arrugada, el perfume encima del cansancio, todo. Todo salió. Todo se fue por ese hoyo negro que no tenía fondo, igual que yo.
Y cuando terminé de vomitar me lavé la cara con el agua helada del lavamanos oxidado y me miré en un espejo roto que había en la pared, y en ese espejo roto vi lo que era: un tipo de veintiocho años, no muy bonito pero un poco atractivo para las mujeres, con un doctorado a medio hacer en la ciudad equivocada, a mil kilómetros de la vida que tiró a la basura, con un sabor en la boca que no se iba a ir nunca.
Nunca.
Ni con cloro. Ni con lluvia. Ni volviendo a Santiago.
Desde la pieza, el Brayan gritó:
"Oye wn, ¿estai bien? ¿Querí otra chela?"
Y yo me reí. Me reí solo, frente al espejo roto, con vómito en la polera y lágrimas en la cara, me reí como no me había reído en años, con una risa que subía desde un lugar tan hondo que no podía ser la garganta, que tenía que ser el estómago, o más abajo, o más adentro, de un lugar donde no llegan los papers ni las tesis ni los comités de ética ni la dignidad ni la capital ni nada que se parezca a lo que yo creía que era mi vida.
"Sí po," le dije. "Dale po."
Y volví a la pieza.
Afuera seguía lloviendo. Adentro, el olor me recibió como un abrazo.