El tatuador
Yo fui a hacerme una carpa. Una carpa nomás, acá en el antebrazo, de esas que se ven en los festivales de música cuando uno tenía veinte años y todavía creía que dormir en el barro era una experiencia espiritual. Una carpa chiquitita, con sus líneas limpias, su humito saliendo arriba. Algo bonito. Algo que cuando me subiera las mangas en la oficina la gente dijera ah, mira, qué lindo, tiene un lado aventurero. Algo para gustarle a alguien en una cita. Algo cobarde, si querí que te sea honesto.
Me mandaron donde el Palma.
El Palma trabajaba en un local en Independencia que no tenía letrero. Tenía una puerta metálica gris con una calcomanía de un gato que alguien había pegado y que nadie se había molestado en sacar, y al lado un negocio de cortinas que olía a plástico nuevo y a vieja triste. Tú tocabas el timbre y te abría una mujer flaca con el pelo rapado que no te decía hola ni chao ni pase ni nada. Te miraba, se daba vuelta, y tú la seguías por un pasillo angosto que olía a tinta y a cloro, como si alguien hubiera intentado limpiar un crimen y se hubiera rendido a la mitad.
El Palma estaba al fondo. Gordo. Gordo de los que cuando se sientan parece que la silla los está tragando. Tenía las manos enormes y suaves, manos de guagua si las guaguas pesaran cien kilos. Me miró por encima de unos lentes chicos, redondos, de abuelita, y me dijo: qué te querí hacer. Yo le dije: una carpa. Me dijo: no. Así, seco. No.
Le dije cómo que no, hueón, si me mandaron para acá, si me dijeron que eras el mejor.
Me dijo: soy el mejor. Pero no hago eso.
Y me mostró su portafolio.
Mira. Yo he visto cosas. He visto a un tipo vomitar en un bus interurbano y que el vómito le cayera en la cartera a una señora que iba durmiendo. He visto a mi viejo sacarse una uña del pie con un alicate en la mesa del comedor un domingo mientras mi mamá servía el pollo. He visto cosas que no se pueden desvivir. Pero el portafolio del Palma era otra categoría. Era otra taxonomía del asco.
La primera foto era un brazo — un brazo normal, de hombre, con sus pelitos y todo — y tatuada en el bíceps una herida abierta. Pero no una herida de película, no una herida de videojuego. Una herida de verdad. Con los bordes de la piel levantados como pétalos de una flor que nadie querría oler, y adentro la grasa amarillenta, los hilitos de músculo, una vena que parecía a punto de reventar. El nivel de detalle era obsceno. Podías ver el brillo de la humedad. Podías casi oler el hierro de la sangre.
Pasé la página. Un muslo de mujer con una quemadura. No una quemadura cualquiera: una quemadura de tercer grado, con la piel burbujeando, ampollada, los bordes negros y crocantes como chicharrón. Ocupaba medio muslo. La mujer, en la foto, estaba sonriendo.
Pasé otra. Una espalda completa cubierta de sarna. Cada pústula individual, cada costra, cada zona enrojecida e inflamada. El Palma había tatuado incluso los surcos que dejan las garrapatas del ácaro bajo la piel, esas líneas grises que parecen ríos en un mapa de un país donde no querrías vivir.
Pasé otra. Verrugas genitales. En un tobillo.
Pasé otra. Un ojo reventado. En el pecho de alguien. El iris desinflado como un globo al que le sacaron el aire, el humor vítreo chorreando por la mejilla tatuada con una transparencia que me dio ganas de limpiarme la cara.
Cerré el portafolio.
El Palma me miraba con esas manos cruzadas sobre la panza, tranquilo como un Buda que hubiera elegido el infierno como residencia permanente. Y me dijo: ¿te querí hacer una carpa?
Yo debería haberme ido. Debería haber dicho gracias, no, perdón, me equivoqué de dirección, de ciudad, de vida. Pero no me fui. Me senté en un banquito de plástico que había contra la pared —de esos de jardín, blancos, que en los asados siempre le toca al que llega último— y me quedé mirando.
Porque justo llegó un cliente.
El tipo era normal. Cuarenta y tantos, pelo corto, camisa a cuadros, cara de contador o de profesor de educación física jubilado por la rodilla. De esos tipos que ves en el supermercado comparando precios de detergente. Se sacó la camisa y tenía el torso limpio, ni un tatuaje, piel blanquita de oficinista que nunca ve el sol. Se acostó en la camilla y le dijo al Palma: la úlcera.
La úlcera.
Como quien pide un café cortado.
El Palma ni pestañeó. Sacó su máquina, preparó las tintas —tenía más tonos de amarillo y de verde que de cualquier otro color, lo cual ya te dice algo sobre su clientela—, se puso los guantes, y empezó.
Yo me quedé tres horas.
Tres horas viendo cómo el Palma convertía el estómago de ese hombre en una úlcera gástrica abierta. La mucosa erosionada, los bordes del cráter inflamados, el fondo sucio con fibrina y tejido necrótico. El tipo no se movía. El tipo miraba el techo con una cara de paz que yo solo le he visto a la gente en los spas y a los locos en la micro. Cuando el Palma terminó, el tipo se miró en un espejo, se tocó la piel hinchada alrededor del tatuaje fresco, y sonrió. Sonrió como sonríe la gente cuando llega a la casa después de un viaje largo. Sonrió como si por fin se pareciera a sí mismo.
Pagó en efectivo. Se puso la camisa encima del film transparente. Se fue.
Y yo me quedé.
Me quedé esa tarde y la siguiente y la siguiente. Todos los días, después de la pega, me iba donde el Palma y me sentaba en mi banquito de plástico blanco como si fuera un palco de teatro, y miraba. La tipa del pelo rapado al principio me miraba feo, después dejó de mirarme, después empezó a pasarme café sin que yo se lo pidiera. Un café instantáneo horrible que sabía a tierra mojada. Yo lo tomaba sin quejarme. Me parecía apropiado.
Los clientes llegaban todos los días. Todos normales. Esa era la parte que más me costaba procesar: lo normales que eran. Una profesora de inglés que se hizo tatuar un eccema en todo el cuello. Un kinesiólogo que pidió un flegmón en la pantorrilla — un flegmón, hueón, la piel tensa, brillante, a punto de reventar de pus. Una vieja de setenta que se hizo una gangrena en el dorso de la mano, con los dedos negros y la carne desprendiéndose del hueso, y que después se puso sus guantes de señora y se fue a misa. Un pendejo de dieciocho que pidió un melanoma en el hombro — el Palma le preguntó si sabía lo que era un melanoma y el pendejo dijo que sí, que su papá se había muerto de uno. El Palma le hizo el melanoma. Asimétrico, con bordes irregulares, color desparejo, como una mancha de café que alguien hubiera derramado en un mapa del cuerpo y el cuerpo no hubiera podido limpiar.
Yo miraba y miraba y miraba.
Y empecé a entender algo. O creí que empecé a entender algo, que probablemente es peor.
No era belleza. Nadie iba donde el Palma buscando belleza. Si le preguntabas a cualquiera de esos clientes si su tatuaje era lindo te habrían mirado como miras a alguien que te pregunta si un terremoto es placentero. No. Era otra cosa. Era — y acá me va a faltar el vocabulario, pero voy a intentarlo — era como obligar al mundo a mirarte el daño. Era como decir: esto es lo que hay adentro, y ahora está afuera, y vas a tener que verlo cada vez que me veas. Era convertir tu piel en una vitrina de lo que nadie quiere ver. Y la gente en la calle se daba vuelta, claro que se daba vuelta, con la cara fruncida, con asco, apartando a los niños, y eso — eso exactamente — era lo que los clientes del Palma buscaban. No admiración. No halago. Atención. Atención pura, cruda, involuntaria. La atención que solo lo horrible consigue.
Porque lo bello — y esto lo fui entendiendo de a poco, sentado en ese banquito tomando café de tierra — lo bello también captura la mirada, sí, pero la mirada que captura lo bello es una mirada que quiere quedarse. Una mirada que se acomoda, que disfruta, que busca más. La mirada que captura lo horrible es una mirada que quiere irse y no puede. Es una mirada secuestrada. Y hay un poder en eso que lo bello no tiene. Lo bello te invita. Lo horrible te obliga.
El Palma lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Era un artista — y cuando digo artista no digo esa mierda de artista de galería con copa de vino y explicaciones de cuarenta minutos sobre el vacío existencial del posmodernismo. Digo artista como el que sabe exactamente lo que hace y por qué lo hace y lo que le hace al otro. El Palma era un virtuoso de lo repugnante. Cada tatuaje era técnicamente perfecto. Las sombras, los degradados, las texturas — impecable. Usaba la misma maestría que un renacentista habría usado para pintar una virgen, pero la usaba para pintar una llaga. Y esa combinación — la perfección técnica al servicio de lo asqueroso — producía algo que yo no tengo nombre para describir. No era belleza. No era fealdad. Era una tercera cosa. Un cortocircuito en la cabeza que te dejaba sin categorías.
Un día le pregunté. Llevaba semanas yendo, ya nos saludábamos con un cabeceo, ya me dejaba fumar adentro. Le dije: Palma, ¿por qué? ¿Por qué solo esto?
Se quedó callado un rato. Se limpió las manos con un paño que alguna vez había sido blanco. Me miró con esos ojos chiquitos detrás de los lentes de abuelita y me dijo:
Porque lo bello ya existe. No me necesita.
Y siguió trabajando.
La respuesta me pareció brillante. Me pareció la cosa más inteligente que le había escuchado a alguien en años. Me fui a mi casa y la repetí frente al espejo, la anoté en el teléfono, se la conté a un amigo que no entendió nada, la pensé antes de dormir. Porque lo bello ya existe. No me necesita. Hueón. Qué grande.
Pero después — y esto me tomó meses — me di cuenta de que era mentira.
Porque lo feo también ya existe. Lo feo existe en cantidades industriales. Lo feo está en los hospitales, en los accidentes, en las enfermedades, en la vejez, en la carne cuando se rinde. Lo feo no necesita que nadie lo fabrique. Lo feo se fabrica solo, todo el tiempo, en cada cuerpo que respira. El Palma no estaba creando algo que no existía. Estaba duplicándolo. Estaba haciendo copias de lo horrible y pegándolas en la piel de gente que pagaba por cargar con una versión falsa de un daño real.
Y ahí empecé a asustarme.
Porque si no era necesidad estética y no era creación y no era denuncia y no era provocación — si no era nada de lo que yo me había inventado sentado en mi banquito con mi café de tierra —, entonces ¿qué era?
Fui un jueves. Me acuerdo porque los jueves la mujer del pelo rapado no iba y el Palma atendía solo y estaba de mejor humor, que en su caso significaba que a veces exhalaba por la nariz de una manera que podría ser risa. No había clientes. El Palma estaba limpiando sus máquinas, esa liturgia de desmontar, frotar, aceitar, montar de nuevo que hacía con la misma concentración con la que un cura prepara el altar. Le dije: Palma, a ver, muéstrame los tuyos.
Me miró.
Los tuyos, le dije. Tus tatuajes. Quiero ver qué te hiciste tú.
Se quedó quieto un momento. Después se paró — y cuando el Palma se paraba era un evento geológico, la silla crujía aliviada, el piso parecía agradecer y temblar al mismo tiempo — y se sacó la polera.
Nada.
El torso del Palma era una extensión de piel lisa, blanca, blanda, enorme. Sin una marca. Sin una línea. Sin un punto de tinta. Parecía un lienzo que nadie hubiera tocado. Parecía la piel de un recién nacido estirada sobre el cuerpo de un hombre de ciento veinte kilos. Se dio vuelta. La espalda igual. Los brazos. Los hombros. Nada. Nada. Nada.
Me miró por encima del hombro con esos lentes y no dijo nada.
Se volvió a poner la polera. Se sentó. La silla crujió. Siguió limpiando la máquina.
Pero no agarró la máquina. Agarró algo de abajo del mesón — un segundo portafolio. Más delgado que el primero, con la tapa gastada, sin etiqueta. Lo puso sobre la mesa y lo empujó hacia mí con un dedo gordo, como quien empuja una confesión que no quiere hacer en voz alta.
Yo lo abrí.
Y era peor. Era peor que el primero y te voy a explicar por qué.
La primera foto era un brazo. El mismo brazo de la herida abierta — lo reconocí por un lunar al lado del codo. Pero la herida ya no estaba. En su lugar había piel. Piel nueva, tatuada encima, cerrando lo que el Palma había abierto. Piel color piel, con su textura, con sus poros. A primera vista parecía que el tipo nunca se había hecho nada. Pero a segunda vista — y la segunda vista llegaba rápido, como un escalofrío — algo estaba mal. La piel era demasiado pareja. Demasiado lisa. Demasiado correcta. Parecía la piel de un maniquí. Parecía una prótesis de silicona pegada sobre el brazo real. Era piel sin historia, piel de catálogo, y el ojo se te iba ahí justamente porque todo alrededor era piel vivida, con sus pecas y sus manchas del sol y sus cicatrices chicas de la vida, y al medio esa zona rectangular de perfección que gritaba mentira.
Pasé la página. La quemadura del muslo, tapada. Donde antes había ampollas y borde negro ahora había una superficie rosa uniforme, como un parche de plastilina que alguien hubiera alisado con el pulgar. No era fea. No era linda. Era nada. Y la nada, rodeada de un muslo con estrías y celulitis y vellos encarnados — de un muslo que había vivido —, era lo más perturbador que yo había visto en ese local. Y eso es mucho decir.
Pasé otra. La sarna de la espalda, cubierta. En su lugar, una planicie inmaculada que parecía photoshop en carne viva.
Pasé otra. Las verrugas genitales del tobillo, borradas. Un tobillo liso como el de una muñeca.
Pasé otra.
Y ahí me detuve. Porque la foto no era reciente. Era vieja, amarillenta, de hacía años. Y mostraba la misma herida del primer brazo — el de la primera foto del segundo portafolio — pero tomada después. Mucho después. Y la piel falsa que el Palma había tatuado encima se estaba rompiendo. No de golpe, no como una máscara que se cae. De a poco. La tinta vieja de la herida original estaba migrando hacia arriba, filtrándose a través de la corrección como humedad a través de una pared recién pintada. Podías ver el fantasma de la herida abajo — los bordes levantados, la grasa amarilla, la vena — asomándose por debajo de la piel falsa como algo que empuja desde adentro. Como algo enterrado que se niega a quedarse enterrado.
Pasé otra. La quemadura volviendo. Las ampollas asomándose debajo de la piel rosa como burbujas subiendo a la superficie de algo que hierve despacio.
Pasé otra. La sarna emergiendo. Las pústulas como puntos oscuros debajo de la planicie, como estrellas detrás de una nube que se adelgaza.
Pasé otra y otra y otra.
Todas iguales. Todas volviendo. La herida de abajo comiéndose la piel de arriba. El daño original deformado por la capa que le habían puesto encima, y por eso peor — porque ya no era una herida limpia, nítida, con sus bordes definidos. Ahora era una herida borrosa, sucia, mezclada con los restos de su propia corrección. Era como mirar algo a través de un vidrio esmerilado. Sabías lo que había abajo pero no podías verlo bien, y esa imprecisión era más insoportable que el original. La herida sola era horrible. La herida tapada era inquietante. La herida volviendo a través de lo que la tapó era una cosa para la que no tengo palabra.
Cerré el portafolio.
El Palma estaba limpiando la máquina. No me miraba.
Le dije: ¿vuelven todos?
Me dijo: todos.
Le dije: ¿y les mostrái esto antes de taparlos?
No me contestó. Siguió limpiando. El paño que alguna vez fue blanco hacía círculos sobre el metal, y los círculos eran lentos, y el metal brillaba, y el Palma no me miraba, y yo me tomé lo último del café de tierra y estaba frío y amargo y me lo tomé entero.
Le dije: ¿cuánto se demora en volver?
Me dijo: depende. Tres años. Cinco. Diez. Pero vuelve.
Le dije: ¿siempre?
Y ahí me miró. Se sacó los lentes de abuelita y me miró con los ojos desnudos por primera vez, chiquitos, hundidos en la grasa de la cara, y eran ojos cansados, hueón. Ojos de alguien que lleva mucho tiempo sabiendo algo que no le sirve de nada saber.
Me dijo: todo lo que tapái, vuelve. Y vuelve peor. Porque vuelve con lo que le pusiste encima pudriéndose junto. Ya no es una herida. Es una herida con su mentira pegada. Y la mentira se descompone más feo que la herida.
Se puso los lentes. Volvió a la máquina.
Yo me paré del banquito. Dejé la taza. Caminé por el pasillo angosto que olía a tinta y a cloro. Salí a la calle. El negocio de cortinas ya estaba cerrado. El gato de la calcomanía me miró con esa cara que tienen los gatos de las calcomanías, que es la misma cara que tienen los gatos de verdad: la de alguien que sabe algo y no te lo va a decir.
No volví.
No me hice la carpa. No me hice nada. Pero a veces pienso en el tipo de la úlcera. El de la camisa a cuadros, el de la cara de contador. Pienso en si habrá vuelto. En si estará ahora mismo mirándose el estómago en el espejo del baño, a las tres de la mañana, viendo cómo la piel nueva que le pusieron encima empieza a mostrar lo que hay debajo. La úlcera volviendo. Despacito. Como una mancha de humedad en el techo de una casa que pintaste para venderla. Estirándose. Oscureciéndose. Recordándole que estuvo ahí, que siempre estuvo ahí, y que lo que le pusieron encima no la curó — solo la escondió un rato, solo la hizo esperar, solo le dio tiempo para pudrirse en silencio y volver convertida en algo que ya ni siquiera tiene la dignidad de ser una herida limpia.
Y eso es lo que más me perturba. No que la herida vuelva. Sino que vuelva sucia. Que vuelva mezclada con el intento de borrarla. Que lo peor no sea el daño sino la capa de barniz que le pusiste encima creyendo que con eso alcanzaba, creyendo que tapar es lo mismo que curar, creyendo que si no se ve no está.
Porque está. Siempre está.