Descartable
Pastilla. Agua. Tragar. Todos los días a las ocho de la mañana, como quien reza.
★★★★ — Jueves. Departamento en Ñuñoa. 27 años aprox.
Buen corte de pelo, uñas limpias, olor a suavizante de ropa cara. Se nota que la mamá le enseñó a doblar las toallas. Departamento chico pero digno, de esos que dicen "me acabo de independizar y todavía no sé qué hacer con tanto muro blanco". Cerveza artesanal en el refri —porque por supuesto— y un vinilo de Radiohead apoyado contra la pared sin tocadiscos a la vista. Decorativo el cabro. Todo decorativo. El beso también. El sexo también. Se vino en tres minutos pero me ofreció quedarse despierto para conversar. Le dije que no, gracias, que tenía que irme temprano. Mentira. No tenía que irme a ninguna parte. No tengo que irme a ninguna parte nunca.
Felipe compraba yogur griego de la marca cara, el que viene en pote de vidrio, y se lo comía parado en la cocina a las once de la noche con una cuchara de palo, sin plato, sin nada, mirando el teléfono con esa cara de quien lee algo que no le interesa pero no puede parar. Tenía un lunar en el cuello, del lado izquierdo, justo donde empieza la mandíbula, y yo le pasaba el dedo por ahí cuando estábamos acostados y él hacía un ruidito, un medio ronroneo medio queja, como un gato que no quiere admitir que le gusta que lo toquen.
Lo conocí en la app. Obvio. ¿Dónde más se conoce la gente ahora? ¿En la feria? ¿En la misa de doce? Match, conversación, la misma weá de siempre: qué escuchas, qué ves, ah mira yo también, qué coincidencia tan hermosa entre dos extraños que se van a manosear en cuarenta y ocho horas. Pero con Felipe fue distinto. O yo decidí que fuera distinto. Que es lo mismo, al final.
Pastilla. Agua. Tragar.
★★★ — Sábado. Auto estacionado en Costanera. 35 años, casado.
Con alianza y todo el desgraciado. Me mandó la ubicación como quien manda un pedido de delivery: pin, llega, consume, vuelve a tu vida. Asiento trasero de una SUV familiar, con una sillita de niño plegada en el maletero. ¿Quieren imagen más grotesca? Yo poniéndome de rodillas entre restos de galletas de animalitos y un elefante de peluche al que le faltaba un ojo. El tipo terminó, se subió los pantalones, me pasó una servilleta del Starbucks y me dijo "gracias, crack". Crack. Me dijo crack. Como si le hubiera arreglado el wifi. Ni me miró cuando me bajé. Arrancó antes de que yo cerrara la puerta. Vi las luces traseras desaparecer hacia la salida del estacionamiento y pensé: eso, exactamente eso. Esa velocidad para irse. Ese apuro por volver a ser el de antes.
Felipe se dormía con un pie afuera de la sábana. Siempre el izquierdo. Yo se lo metía adentro y a los cinco minutos estaba afuera de nuevo, como si el pie tuviera voluntad propia, como si necesitara respirar aparte del resto del cuerpo. Me daba risa. Me daba una ternura estúpida, de esas que te dan vergüenza si las decís en voz alta. Un pie. Un pie de un tipo que conocí hace tres semanas. Y yo ahí, desvelado, mirándole el pie como si fuera la cosa más importante del mundo.
Lo nuestro no era nada. No era nada oficial, quiero decir. Nos veíamos. Nos escribíamos. Él me mandaba audios largos de camino al trabajo, de esos donde se le escucha el motor del auto de fondo y la bocina de un camión y su voz diciendo "oye, probé ese restaurante que me dijiste y estaba increíble, el ceviche era otra weá, tienes que ir, vamos juntos" y yo los escuchaba tres veces seguidas como un adolescente enfermo. Vamos juntos. Vamos juntos. Dos palabras que suenan a futuro, que suenan a que hay un después, a que alguien quiere que estés ahí.
★★ — Miércoles. Motel por hora, Vicuña Mackenna. 40 y tantos.
Olor a cloro y ambientador de vainilla que no ambientaba nada. Espejo en el techo —sofisticación nivel mall chino— donde me vi la cara mientras el tipo me hacía cosas que no recuerdo y que tampoco importan. Lo que sí recuerdo es mi cara ahí arriba, invertida, con esas ojeras de no dormir y ese gesto de concentración vacía que pongo ahora cuando cojo, como si estuviera resolviendo un Sudoku particularmente aburrido. El tipo me preguntó si me gustaba. Le dije que sí. A todo le digo que sí. Qué más da.
Al salir me lavé las manos en el baño del primer piso y el jabón era de esos rosados, industriales, que te dejan las manos con olor a hospital de provincia. Me las olí tres veces en el Uber de vuelta. Hospital. Clínica. Sala de espera. Número en pantalla. "Pase al box cuatro."
Pastilla. Agua. Tragar. Como quien reza un padrenuestro aprendido de memoria a los seis años, sin saber qué significa, sin entender a quién le habla, solo moviendo la boca porque le dijeron que es lo que corresponde.
El examen me lo hice porque sí. Chequeo de rutina, dije. Una vez al año, como el dentista. Prudente. Adulto responsable. Me senté en la sala de espera con la misma tranquilidad de quien espera que le entreguen los resultados del hemograma: todo bien, siga su vida, nos vemos en doce meses. Había un televisor pegado a la pared con un programa de cocina en mute. Un tipo hacía un risotto. Le echaba caldo con un cucharón y movía la olla con la otra mano y se le veía feliz, despreocupado, inmerso en su risotto de mierda mientras la enfermera decía mi nombre y yo me paraba y caminaba hacia el box cuatro como quien camina hacia cualquier parte.
El médico tenía un lápiz Bic mordido. Mordido hasta la mitad. Le vi las marcas de los dientes en el plástico azul y pensé: este tipo tiene ansiedad. ¿No es irónico? Un médico con ansiedad a punto de decirte que eres positivo. Como si el guion lo hubiera escrito alguien con un sentido del humor muy específico y muy hijo de puta. Me dio el resultado mirando la pantalla del computador, no a mí. "Salió reactivo", dijo. Reactivo. Linda palabra. Suena a algo activo, a algo que reacciona, a algo con energía. No suena a lo que es. Me explicó pasos a seguir y opciones de tratamiento y no sé qué más y yo miraba el lápiz mordido, las marcas de los dientes, y pensaba: Felipe. El pie fuera de la sábana. El yogur griego en pote de vidrio. Vamos juntos.
Le escribí. Por supuesto que le escribí. Le mandé un mensaje largo, bien escrito, con puntos y comas, sin faltas de ortografía, como si la corrección gramatical fuera a hacer la noticia más digerible. Le conté. Le pregunté si sabía. Le dije que se hiciera el examen. Y esperé.
¿Saben qué es esperar una respuesta que no llega? ¿Saben lo que es mirar un chat donde dice "en línea" y ver que los minutos pasan y el otro está ahí, está ahí, está vivo y conectado y leyendo cosas y mandando mensajes y respirando, pero no te contesta? Es como gritar adentro de un frasco. La voz rebota y te vuelve.
Contestó al día siguiente. Un mensaje corto. Sin puntos ni comas ni corrección gramatical. "Uta sorry amigo no caché. Hazte el tratamiento y vai a estar bn. Cualquier cosa me avisai."
Amigo. Cualquier cosa me avisai. Como si le hubiera contado que me robaron la bicicleta. Como si el diagnóstico fuera un inconveniente menor, un trámite entre dos personas que se conocen de pasada, un percance que se resuelve con un "ánimo" y un emoji de pulgar arriba que no mandó pero que estaba implícito en cada palabra de ese mensaje de mierda.
Y después: nada. Me dejó de escribir. Se fue. Se desintegró. Como si nunca hubiera existido. Como si el tipo del yogur griego y el pie afuera de la sábana y los audios largos y el "vamos juntos" hubiera sido un personaje que alguien interpretó durante tres semanas y después se quitó el vestuario y se fue a su casa.
★★ — Viernes. Su departamento, no recuerdo la comuna. 24 años.
Flaco. Cejas depiladas. Me ofreció jugo de naranja antes y un cigarro después como si fuera un protocolo aprendido en alguna parte. ¿Quién les enseñó eso? ¿Hay un manual? Fue rápido y ansioso y quiso repetir y le dije ya, dale, total. Me di cuenta de que tenía los ojos húmedos cuando terminó la segunda vez. No de emoción: de cansancio. Se quedó dormido en tres minutos. Se dormía —carga viral— con los dos pies adentro de la sábana. No como Felipe. Nada como Felipe. Nadie como Felipe. Se me escapó el pensamiento antes de poder frenarlo y me levanté al baño y me miré en el espejo y el tipo del espejo me miró de vuelta con esa cara que ahora tengo siempre, esa cara de Sudoku, y le pregunté en silencio: ¿qué estás haciendo? No me contestó. Obvio. Los del espejo no contestan. Los del chat tampoco.
Pastilla. Agua. Tragar. Como quien reza. Como quien cuenta los días. Como quien marca con una equis un calendario de adviento al revés, donde cada casilla que abrís no tiene chocolate sino un vacío particular, con forma, con textura, con olor a jabón rosado de hospital de provincia.
★ — Martes. Mi departamento. Yo. Sin edad, sin estrellas, sin reseña.
Me acuesto solo. Me tapo. Saco un pie de la sábana. El izquierdo. Me lo meto de vuelta. Lo saco. Lo meto. Afuera. Adentro. Como si pudiera aprenderle el gesto a otro cuerpo a fuerza de repetirlo, como si la imitación pudiera reemplazar la presencia, como si ensayar lo que hacía otro fuera una forma de traerlo de vuelta o de conjurarlo o de entender cómo mierda alguien puede dormir tan tranquilo con un pie afuera de la sábana y un virus adentro del cuerpo y no decir nada, no avisar, no sentir la obligación mínima de mirar al otro a la cara y decirle: oye, esto es lo que soy, esto es lo que tengo, esto es lo que te puedo pasar si seguimos.
Pero no. Cualquier cosa me avisai.
Reviso la app. Cuarenta notificaciones. Cuarenta tipos que quieren lo mismo que quería Felipe de mí: un rato. Un trámite. Un cuerpo que viene y se va y no pide nada y no reclama nada y que al otro día, si acaso, merece un "sorry amigo, no caché". Y yo les contesto a todos. A todos les digo que sí. A todos les mando la ubicación. A todos los califico después en mi cabeza, con estrellitas, como si fueran restaurantes o películas o experiencias turísticas. Porque eso soy ahora. Eso me enseñó Felipe sin querer: que se puede reducir a una persona a una reseña, a un puntaje, a un trámite entre dos trámites. Que se puede borrar a alguien con un "cualquier cosa me avisai" y seguir viviendo como si nada.
Y yo aprendí rápido. Soy buen alumno. De los que toman nota y aplican la materia.
Saco el pie de la sábana. Lo vuelvo a meter.
Mañana a las ocho: pastilla, agua, tragar.
Como quien reza.